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La guerra de Malvinas es un hecho del pasado que nos duele siempre en tiempo presente. Nos duele por los 649 héroes que ofrecieron sus vidas en las islas y por aquellos que volvieron y sufrieron el silencio del Estado, la negación por una parte de la sociedad y por los que no soportaron los efectos y secuelas físicas y psicológicas de la guerra (al menos 450 ex combatientes se suicidaron).
Sobre un reclamo legítimo de soberanía, la dictadura militar, la de los secuestros, torturas, asesinatos, desapariciones, robo de bebés y otros delitos de lesa humanidad, utilizó la recuperación para intentar permanecer en el poder.
Por estos días, uno no puede dejar de trasladarse a ese comienzo de otoño de 1982 y reconstruir dónde estaba, qué estaba haciendo y qué sensaciones tuvo cuando las noticias confirmaron que las tropas argentinas habían desembarcado en las Malvinas y que se iniciaban las operaciones para respaldar la soberanía nacional.
En las calles de mi barrio porteño de Almagro vi gente desbordada de entusiasmo cuando el general Galtieri pronunció aquella bravuconada frase “Si quieren venir, que vengan; les presentaremos batalla”, sin tener certezas de la reacción británica. “El desembarco no fue improvisado, la guerra sí”, dijo alguna vez el historiador Federico Lorenz. El frente de batalla argentino estaba colmado de jóvenes, en su mayoría de 18, 19 años, con poca o casi nada instrucción y sin equipamiento.
Con el correr de los días todo era desolación por la rendición y tristeza por las muertes, en mi caso de un amigo de la infancia que era tripulante del crucero Belgrano. Una sociedad más justa es aquella que tiene memoria, y en esa sociedad Malvinas es una causa que debemos seguir construyendo.