No parece encontrar paz Neuquén con su educación pública.
El año empezó con un mar de fondo agitado, transcurrió crispado y todo parece que la finalización del presente ciclo lectivo no será menos tenso.
La Provincia viene de invertir largas horas de debate en la Legislatura, destina una millonaria partida a sostener la educación pública, pero cada vez está más lejos de conseguir una relación armoniosa con los docentes y con los auxiliares de servicio, piezas vitales para que cualquier política educativa consiga los resultados que se esperan.
El Gobierno acaba de decidir extender las clases hasta la víspera de Navidad. Su argumento es recuperar el tiempo perdido. ¿Es posible recuperar clases en momentos en que el pan dulce está en el horno para ser compartido en la mesa de Nochebuena? ¿Quién está en condiciones, entre docentes y alumnos, de sacrificarse el tórrido diciembre concurriendo a clases para satisfacer la meta de días cursados en las aulas?
El Gobierno no quiso dar el brazo a torcer con el sindicato docente. Sus gestos hablan claramente que no ha conseguido entablar un diálogo constructivo.
El sindicato, por su parte, tampoco parece dispuesto a resignar sus reclamos.
En medio de este tironeo, los pibes asisten como testigos y damnificados de una manera de pensar la educación pública que se agota en argumentos de unos y otros actores pero que naufraga a la hora de ejecutarse.
Los que viven y estudian en la escuela pública de Neuquén deberían llegar a Navidad en un clima distinto. No se merecen otra cosa. Pero no parece que eso vaya a suceder, al menos que ocurra un milagro.
Todo parece indicar que la educación pública terminará 2016 con el mismo clima de conflictividad.