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Aunque cada país tiene su fecha y sus excusas, en el nuestro desde hace un par de décadas el Día del Amigo tomó un impulso incontrolable y se convirtió en un clásico imposible de gambetear. Lo que antes era un festejo tibio, ya hace tiempo que se convirtió en una comunión masiva que empuja a la gente a los bares y restaurantes, agotando las plazas en busca de un buen lugar y de platos armados especialmente para la ocasión. Ni los más renegados, los que miran de reojo la punta comercial de cada celebración anual, pueden ir contra semejante corriente. Pero esta vez el 20 de julio será diferente. Muy diferente. Y así debe ser. Aunque cueste, confinados, empujados a reuniones virtuales, sin un asado o un buen vino que nos una por unas horas para festejar esa relación increíble a la que en la Argentina le hacemos un culto que genera admiración y envidia en otros países. Como ocurrió el Día del Padre, no habrá mejor forma que cuidar a nuestros amigos que quedarnos en casa, pensando en dónde y cómo nos vamos a volver a reunir una vez que pase la pandemia y se multipliquen las reuniones que tanto extrañamos. Será difícil, pero ese mismo afecto que nos une para toda la vida debe ser el motivo por el cual, aún siendo jóvenes y saludables, preparados para enfrentar al virus con buenas armas, lejos de las poblaciones de riesgo, nos cuidemos para no joder a nadie. Los rituales son importantes. Pero con una curva sostenida de contagios, en medio de enormes sacrificios que hoy cumplen cuatro meses, la mejor forma de honrar la amistad será no romper el distanciamiento y apostar por las risas virtuales esperando ese día en el que ya nada nos separe.