Por CECILIA SOBERÓN
La bolsa de valores, los analistas económicos mundiales, el establishment en su conjunto se mostraron sorprendidos y alarmados con la posibilidad de que reestatice YPF. Esa idea, sostenida por el progresismo de izquierda durante mucho tiempo, tiene muchos significados diferentes.
Para el mundo económico significa falta de seguridad jurídica para las empresas extranjeras, significa que el país se debilita por el uso de reservas.
Para los políticos que están de acuerdo significa la defensa de la soberanía nacional a partir de propiedad de los recursos naturales, principalmente los energéticos.
Para los habitantes de Cutral Co y Plaza Huincul, al igual que para todos los ex ypefianos desparramados por el país y el mundo, tiene un significado más emocional.
La YPF estatal no fue solamente una empresa dedicada a la explotación de los hidrocarburos; fue el alfa y el omega en la vida de un ypefiano, que ingresaba con 15 ó 16 años a trabajar en el campo y se jubilaba a los 55 después de haber dado todo lo que tenía.
Para un ypefiano la empresa era la bandera, era la comida, porque YPF tenía una proveeduría; era las vacaciones, porque YPF pagaba los pasajes o el combustible; era la escuela, porque YPF apadrinaba a todas las instituciones escolares y además pagaba el transporte de los chicos; era el deporte, porque sostenía un club con todas las disciplinas; era la cultura, porque pagaba por el único cine que había en la ciudad; era las comunicaciones, porque los empleados de YPF que vivían en los campamentos no pagaban el teléfono; era la vivienda, el auto, era la vida entera de los ypefianos y su familia.
Para todos los que fueron parte de esa historia, escuchar que alguien piensa estatizar YPF es como si alguien dijera que su padre ya fallecido pudiera revivir. Es simplemente despertar sentimientos que se quieren enterrar en lo más profundo, simplemente porque nadie cree que la resurrección sea posible.
La comunidad de Plaza Huincul y Cutral Co en su conjunto lleva veinte años exactamente, ya que la privatización fue en 1992, tratando de reponerse de la peor tragedia económica que pudo vivir la región. El mundo ypefiano dejó de existir y en su lugar se instaló otro, en el que prevalece más el Estado a través de los municipios. Pero no es el Estado protector de YPF, sino otro, con muchos menos recursos, que apenas cumple con sus funciones básicas y está lejos de cubrir todas las necesidades de cada familia.
Lo más extraño, tal vez más paradójico, es que los únicos que creyeron que reestatizar YPF, esa empresa que tanto significa para esta región, era posible, fueron los operadores bursátiles.