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Aún no se sabe si el presidente aceptará estas declinaciones; la mayoría son de los referentes que responden a Cristina Fernández, la vicepresidenta que eligió como su sucesor a Alberto y que hoy también paga los platos rotos del resquebrajamiento de la gestión política, en medio de una pandemia que se llevó puestos a varios oficialismos en el mundo.
Alberto fue elegido en 2019 como el “hombre moderado” y hasta del círculo rojo, con la fantasía de sobrevolar el discurso de la grieta y el atropello en el uso del poder, esas características que irritaban a una clase media argentina. El presidente llegó a tener un 95% de aprobación de su gestión en plena cuarentena estricta, en marzo de 2020, y ahora ese número se desplomó a poco más del 30%. Con la administración de la pandemia y las vacunas no le alcanzó para amortiguar la caída.
Pero el clima de cordialidad de Alberto se terminó el domingo con el negativo resultado de las elecciones. El cristinismo pide definiciones duras. No le perdona haber “reculado” con el caso de la cerealera Vicentín y tampoco algunos gestos hacia el establishment.
Pero la realidad económica fue la que marcó la huella de la derrota: 42% de pobreza y una inflación del 51,4% acumulado anual. Con salarios bajos y conflictos gremiales todos los meses porque el dinero no alcanza, la política no resiste. La existencia del peronismo sin la heladera llena es una peligrosa fantasía.