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La Mañana Fútbol

Algo en qué creer

Los problemas están, pero quedaron en un segundo plano, al menos hasta que termine la ilusión.

En la despensa de mi barrio no se habla de otra cosa que no sea de fútbol. Hablan los dueños, hablan los proveedores, hablan los clientes, los pobres que piden fiado, los más acomodados, los viejos, las mujeres, los niños… Todos hablan de fútbol. Todos sufren la angustia de la primera ronda, de los milagros que tienen que ocurrir, de las apuestas. Nadie se anima a imaginarse un regreso anticipado de la Selección. O si lo imaginan no lo dicen.

Desde que comenzó el Mundial, los problemas cotidianos quedaron en un segundo plano, no porque sean menos importantes, sino porque apareció un motivo para ser feliz, aunque sea por un rato, un día o un mes. Algo en que creer en medio de la crisis, de las noticias que aplastan, del futuro sombrío, de las promesas que ya nadie se traga o de la angustia ante la incertidumbre.

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Argentina no puede perder. En algún momento aparecerá Messi y su talento, un zapatazo de otro partido, un fallo que nos ayude, un gol de carambola… Y cada vez que esto ocurra todos tendremos motivos para abrazarnos, para reír y hasta para llorar, como ocurrió en el final del partido ante los mexicanos. Y así seguirán los ciclos de ilusión, cada vez más cortos y más dramáticos hasta llegar a la final.

Cachito el gasista compra una tira de pan; Don Fernández pide una lata de cerveza; una abuela busca las mejores manzanas y pregunta el precio, mientras su nieta le reclama un helado.

En el almacén del barrio, paradójicamente la trinchera más desbordada en la guerra desigual contra la inflación, todos sonríen, comentan y hacen bromas; se ilusionan y se dan fuerzas.

Todos aseguran que Argentina va a ganar. El fútbol sirve para eso. Algo en qué creer.

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