Cuando la Justicia no puede protegerte, lo que te cuida puede ser un cuchillo debajo de la almohada y el temor que te mantiene alerta a pesar del cansancio. Pero esas armas se volvieron insuficientes para una joven de 22 años que vio cómo su ex pareja mataba a su novio actual en la toma 2 de Mayo. Al crimen no lo detuvieron ni el miedo de la chica ni una orden de restricción de acercamiento que el asesino incumplió.
Tampoco cumplió esa orden el ex novio de una joven cipoleña que fue víctima de una golpiza brutal y alcanzó a escapar para salvarse de un destino fatal. A su casa precaria de Cipolletti tampoco llegó el brazo de la Justicia, que hace intentos frustrados por proteger a las mujeres con órdenes de restricción que nunca se cumplen.
Garantizar el cumplimiento de las restricciones de acercamiento es una necesidad fundamental para evitar los femicidios, pero debe ser sólo un último recurso en una lucha integral para erradicar de raíz la violencia de género, que comienza mucho antes de las órdenes judiciales.
Un dictamen de la Justicia, que se viola con facilidad, tiene gusto a poco para las víctimas atormentadas que reciben amenazas de sus ex parejas. Es una orden que parece volverse un chiste cuando en la televisión montan un show para evitar que dos figuras de la farándula se acerquen a menos de 300 metros.
Es fundamental que las víctimas tengan algo más que esa restricción; que cuenten con un espacio a dónde acudir, profesionales que las atiendan y un refugio en caso de ser necesario, herramientas posibles si el Estado reconociera la gravedad del problema y destinara más recursos a prevenir que más mujeres se mueran cada día.
Aunque la Justicia dio un buen paso al juzgar el asesinato de 2 de Mayo como femicidio vinculante, siempre parece llegar después de que los hechos se consuman y no cuando las víctimas realmente la necesitan: antes de que las golpeen, abusen de ellas o las maten.