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El movimiento antivacunas (ellos dicen “mal llamado”) no escapa a la provincia de Neuquén, donde hay grupos organizados en las redes sociales que se nutren de información que circula en el mundo y que intentan torcer la dirección hegemónica de cómo tratar la pandemia del coronavirus. Es cierto que más allá de la información científica y oficial, a nadie escapa hoy que las plataformas virtuales, las fake news y el compendio de datos y documentos al alcance de la mano, no hacen otra cosa que generar un debate con verdades, mentiras y elementos complejos de chequear.
Se estima que una de cada diez personas en el mundo no quiere vacunarse. O no cree en las vacunas, o tiene miedo o no lo hace por otras razones. Son de todas las inclinaciones políticas, a pesar de que en Argentina esa tendencia se la asocia a la derecha partidaria. Desde hace décadas, antes del COVID, que existe un movimiento en torno al “buen vivir” y a la salud, que pondera la alimentación, un cambio de hábito para bajar el estrés laboral y el culto a volcarse a una forma de vida libre de fármacos en el cuerpo.
Hay todo un andamiaje que combina esas tendencias, hoy representado en la figura del “antivacunas”. El gobierno y las redes sociales le han declarado la guerra a este grupo que tiene alta incidencia en el 10% de la población. En tiempos de la instalación de otras vacunas, como la de la poliomielitis, esta batalla de los pro y antivacunas se jugaba en un escenario menos mediatizado.
En 1956, Elvis Presley recibió la vacuna contra la polio frente a los flashes de las cámaras como una demostración pública de su apoyo a la vacuna. Es un debate que ha existido desde hace décadas pero que toma fuerza con la euforia y el escarnio de las redes.