Por Romina Zanellato
Neuquén > El turf en la ciudad convoca a miles de personas por fecha. La grada del Hipódromo se llena de gente de toda la región que viene a apostar por su caballo preferido. Sin embargo, no todo es dinero. La cultura 'burrera', como se le llama, incluye el imperdible asado y la tarde familiar.
Mientras los adultos apuestan, los niños remontan barriletes con forma de búhos, las mujeres se juntan a tomar mate para paliar el frío y los hombres analizan el cronograma, estudian las carreras. Todos son viejos conocidos, aunque haya muchos jóvenes pendientes de la pasión.
Aquellos analistas de boina se juntan en pequeños grupos delante del tablero de apuestas y discuten con el ceño fruncido acerca de los kilos que pesa cada jockey, del estado físico de los caballos, su desempeño en carreras pasadas. Mientras, los rematadores intentan levantar las apuestas y captar el bolsillo de los que dudan. Algunos caballos no sacan más de 200 pesos, otros llegan a los 5 mil. Así, la presión de los que apostaron más de lo que planeaban se destapa como una olla hirviendo cuando desde la torre suena la campana de largada.
De a poco, los gritos de aliento y frustración comienzan a elevarse. Para hacer fuerza algunos intentan correr a la par, con su programa en la mano, todo rayado con los resultados y arrugado de tanto apretarlo. Las malas palabras rebotan entre los perdedores, los ganadores se abrazan y corren a las boleterías para cobrar y volver a apostar. Mientras, los rematadores agitan nuevas ofertas para las próximas carreras.
Los protagonistas
Los caballos son los protagonistas pero a veces quedan relegados de la atención. Las carreras duran segundos pero la previa es larga y fría en el barrio Hipódromo. Los apostadores sienten la adrenalina, comen un choripán, los niños corren levantando polvo.
Todo dura muy poco pero el trabajo previo para cada fecha es arduo. Todos los días los jockeys salen a varear en el picadero a los potros y las yeguas. En cada stud duermen unos ocho animales con sus cuidadores. El salón para el asado es imprescindible. La madera y los detalles en herrería marcan una identidad. Hay una inconfundible mezcla de olores típicos.
Cada caballo consume alrededor de un fardo por día y seis tarros de avena, los que dividen en dos comidas, una por la mañana y otra por la noche. Luego de cada vareo el cuidador le hace un raqueado, es como una esponja de metal para masajearle los músculos al caballo después de su entrenamiento. Su pelo brilla, al igual que sus ojos.
"Son animales maravillosos, te exigen que los conozcas, te dan señales todo el tiempo. Si están enojados por algo cambian su comportamiento para que te des cuenta. Por ejemplo, los caballos bostean siempre en un lugar específico, cuando algo les molesta cambian de lugar, relinchan, se ponen nerviosos", relató Daniel Ripani, cuidador de varios caballos de Neuquén, entre ellos Grelo, el gran ganador del clásico 9 de julio, la última fecha.
Los caballos son como los atletas o los autos, tienen un cuidador, un entrenador, un dueño y una persona que lo corre. Cuestan fortunas y la inversión se recupera con porcentajes de cada carrera ganada por las apuestas. Las más importantes son las de la Provincia de Buenos Aires. El jockey es contratado por un propietario para montar sus caballos. En Neuquén no hay jocketas, todos son hombres. Corren yeguas o machos, no hay mucha diferencia entre rendimientos.
Vicente "Maní" Ramírez corre hace 40 años. "Cada loco con su deporte", bromea. Nacido en Córdoba, se crió rodeado de caballos y dice que fue su transporte durante muchos años. Su papá era domador y con el tiempo aprendió a correrlos. Una vez convertido en jockey en Santa Fe y Buenos Aires, le propusieron venir al Alto Valle a correr mil metros en el Martín Fierro Club, en el puente 83, por febrero de 1984. Le gustó y se quedó. "Se corrían buenas carreras aunque no había buenos hipódromos. Estaba el de Luis Beltrán, se juntaba la gente de toda la región", relató.
Para Maní, uno se acerca a la actividad y no se va más. Así, cuando uno va al Hipódromo durante la semana ve a niños montando potrillos, a jóvenes corriendo sus primeros galopes y muchos hombres que viven alrededor de los caballos. La pasión por el turf se convierte en una forma de vida y los que la viven la comparten con mates, asados, choripán, churros o con una cerveza helada, pero siempre en compañía de los verdaderos amantes de las carreras.
Los caballos, el alma
Neuquén > En los ojos está todo. Cuando se entra a un stud cada caballo mira con atención todo lo que ocurre. Al acercarse parece que hipnotizan con sus ojos como un espejo. Brillan. Tanto brilla su mirada como su pelo suave.
"Sienten todo, los olores distintos, la presencia de extraños, son muy perceptivos", comentó Daniel Ripani, cuidador de ocho caballos. Su preferido es uno que se llama 'Pure Real', un zaino hermoso que ganó ocho carreras, las estrellas por cada victoria están en la puerta de su box. "Lo conozco desde potrillo, lo entiendo, es al que más quiero", señaló. Para él estar en contacto con estos animales es más que un trabajo, es emoción por ir conociéndolos, por descubrir sus comportamientos, comprender sus formas de expresión. "Se hacen querer, es muy apasionante".
Cada caballo tiene sus manías. El Príncipe Gap luego de varear se revuelca en la tierra. Carolona muerde las cadenas que la atan a la pared. "Con los caballos hay que llevarse bien, hacerles dupla, comprenderlos. Son animales dóciles. Sólo se ponen bravos cuando son jóvenes y comenzás a exigirles, a entrenarlos, es como que se despiertan e intentan rebelarse", explicó Maní Ramírez, montado en el Buonanote, su preferido.
Tres tipos de apuestas
Neuquén > Las apuestas son inherentes a las corridas. La desesperación porque un caballo cruce primero la línea es la ambición por ganar un juego de dinero, la adrenalina de saberse un analista inteligente. Es una cuestión de riesgo y de ego.
Hay tres tipos de apuestas. En las boleterías se puede comenzar con 5 pesos a la apuesta exacta, al caballo ganador, o a partir de 10 pesos a la carrera imperfecta, que es a dos caballos sin importar el orden de victoria, siempre y cuando salgan primero y segundo.
Además de estas dos maneras más formales de comprar los talonarios, el folklore burrero está más ligado a los rematadores. Subidos a una mesa, cada cual tiene su lugar en el hipódromo, su megáfono en mano y el tablero de apuestas contra la pared.
"Usted, el de boina azul, súbale 200 al 3. ¿Quién da más por el "Cara 'e loco"?", grita el rematador. Algunos tímidos apenas levantan la mano o hacen un gesto con la cabeza. Así van sumando dinero por un caballo hasta que se terminan los talonarios.
Comienza la carrera, se llena la tribuna mientras suenan las campanas. La exaltación dura pocos segundos. Los gritos. El ganador. La gente festeja o maldice por lo bajito. La cola para cobrar y comenzar de nuevo con las apuestas no se deja esperar. El juego vuelve a comenzar.