Hay cosas que no se discuten, que no tienen más lecturas que la obvia, que no pueden caer en las desdichas de la posverdad. Hay cosas que hay que tener muy claras, que no se negocian, que no pueden caer en ninguna grieta. Hay cosas que tenemos que defender todos. Después, si quieren, discutimos el resto. Pero con este gobierno provincial o con otro, en la era K o en la de Cambiemos, defendiendo derechos o el bolsillo, enojados con la realidad o con las noticias que se publican, lo que hicieron ayer no se hace.
Un trabajador no agrede a otro laburante. Ni en defensa de sus reclamos, ni en defensa de nada. No hay excusas. Es una norma básica. Pero lo hicieron. Y lo hicieron contra una compañera que ha registrado y escrito sobre decenas de marchas, que ha estado codo a codo en más de una de ellas, acompañando en la calle las luchas que cree necesarias para vivir en un lugar mejor.
Pero hay otra regla que es aun más inquebrantable, sin ideologías, sin matices. Un hombre no agrede a una mujer. Nunca. Ustedes lo hicieron en nombre de vaya uno a saber qué derecho. Lo hicieron en grupo, con los rostros tapados.
Es triste lo que nos pasa. Y tan confundidos estamos que ni siquiera más calmos, a la hora de repensar lo que hicieron, consiguieron entenderlo. El pedido de disculpas que ATE publicó después de agredir a una compañera de LMN espanta. Es mentiroso (“no quiso identificarse cuando se le preguntó para qué medio registraba imágenes”, acusa) aun cuando en el video en vivo se la escucha claramente decirlo como instintiva defensa para no recibir un golpe; es amenazante (“esperamos que las fotos de los rostros de lxs compañeros que registró no aparezcan en el expediente de algún funcionario de gobierno”) y hace la peor comparación posible de la tarea periodística que estaba realizando (“personas anónimas filmando manifestantes es una práctica de años oscuros”). Hubiese sido mucho mejor que no la apretaran en la calle. Hubiese sido mucho mejor, también, que no pidieran disculpas volviendo a agredirla así.