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Atenti con los patachorros

Guillermo Elía.

Cuánto resiste su puerta? Usted, seguro, piensa que mucho, pero yo le puedo asegurar que con una patada bien puesta se la abren. De esa forma se están concretando robos sumamente violentos en la capital neuquina.
Una patada en medio de la noche puede quitarnos el sueño y sumergirnos en una pesadilla, porque nuestra capacidad de reaccionar rápido es mínima respecto de la astucia de los delincuentes que ganan en segundos la casa y a punta de pistola amenazan y piden dinero. Si cuando los delincuentes entran a la casa estuviéramos sólo con nuestro destino, todo bien, pero todo se complica cuando están nuestros hijos, como en el caso del matrimonio jubilado de calle Tucumán al 400 (ver página 11).
Cuando hay chicos en la casa, los delincuentes tienen comportamientos más violentos. “Ya no les importa nada y ensayan maniobras sumamente perversas”, dice un investigador preocupado por la virulencia con la que actúan.
Le hacen girar el tambor del revólver en la cabeza a una nena de 10 años mientras le piden que calle al perro que no para de ladrar. Esto ocurrió la semana pasada en pleno centro. Hace menos de un mes, en un barrio del oeste, le apuntaron en la cabeza a un niño y después quisieron abusar de una joven madre que tenía en brazos a su bebé. Ayer encerraron a los niños en una habitación y a los padres les avisaron que estaban dispuestos a hacerles todo tipo de atrocidades, incluso matarlos, si no entregaban dinero. Es por eso que un patachorro puede ser nuestra peor pesadilla, porque ninguna casa ni puerta está a salvo de ellos. Esta moda de entrar a robar a las patadas es casi un ícono de la violencia de la que parece no haber retorno.