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Al cúmulo de desatinos que derivaron en el brote masivo de coronavirus en su plantel, Boca le está por sumar un desacierto más. Cuesta creer y comprender la postura pasiva y permisiva del club de cara al reinicio de la Copa Libertadores, que la dirigencia desestime la posibilidad de gestionar siquiera la suspensión del partido con Libertad de Paraguay, del próximo 17 en Asunción.
Si hasta el propio presidente del conjunto guaraní que conduce Ramón Díaz admitió que su entidad contará con “ventaja deportiva” ante un Xeneize tan afectado y diezmado por la pandemia y los 22 positivos que se sospecha tiene actualmente en el “team”.
Hay apenas 10 jugadores aptos, sanos en estos momentos, lo que habla a las claras de lo disminuido que llegará Boca a ese compromiso y de los malabares que deberá hacer su entrenador, Miguel Angel Russo, quien, dicho sea de paso, probablemente ni viaje al vecino país por ser doble factor de riesgo (edad y patologías médicas). En ese escenario, resulta incomprensible que Ameal, Riquelme y Pergolini no agoten las instancias para tratar de postergar el regreso oficial en la máxima competencia. Quizás cuenten con la información de Conmebol de que el certamen se postergará a último momento y sea ello lo que los mantenga “quietos”. Pero llama realmente la atención que un club que suele hacer valer su poderío en escritorios esta vez tarde en reaccionar ante una situación adversa e injusta, que atenta contra sus intereses deportivos y, en menor medida, económicos. Así, hasta alimentan el morbo de quienes sostienen que todo fue armado para inmunizar a los jugadores con vistas a la recta final de la Copa. ¿Les cerrará la Boca?