Por Humberto Zambon
Adam Smith creía que el cambio de mercancías era inherente
a la naturaleza humana. No es así; existieron muchas sociedades cuyos productos
del trabajo humano se distribuían sin necesidad de intercambio o mercado, como
ocurrió en algunas civilizaciones precolombinas o en la Europa feudal, en la alta
edad media. Pero inclusive en esas sociedades existía la posibilidad de un
intercambio con otros grupos sociales, en forma esporádica o permanente.
Unidad de cuenta
El problema que se plantea en estos casos es cómo valorar
relativamente dos productos diferentes a intercambiar; fíjense que si se trata
de un universo de tres productos necesitamos conocer 3 relaciones de
intercambio; si fueran 4 productos son las 6 relaciones y si fueran 5 se
requieren 10 pares de valores; la cantidad de valores relativos crece mucho más
rápido que el número de productos factibles de cambio. Así, se puede verificar
que la cantidad necesaria a conocer es igual al número de productos (n)
multiplicado por ese número menos uno (n-1) y el resultado dividido por 2, de
forma tal que si se trata de un total de 100 productos necesitamos conocer
100x99/2 igual a 4.950 relaciones de intercambio. Una enormidad.
Por eso surgió la idea de tomar uno de los productos como
unidad de medida del valor de todos, de forma tal que habiendo 100 productos
distintos necesitamos saber solamente 99 valores. Este fue el nacimiento de la
moneda en su primera función: la de servir como unidad de cuenta o de valor de
todas las mercancías. El producto que se eligió dependió de cada pueblo y
estaba relacionado con la actividad habitual del mismo; se utilizaron, por
ejemplo, los granos de café en América Central o, en el caso de los primitivos
habitantes de la zona romana, que pastaban rebaños, eligieron el “pecu”,
ganado, de donde heredamos –vía el Latín- varias palabras referidas al dinero,
como peculio o pecuniario.
Reserva de valor
A la primera función, la de común denominador de
valores, pronto se agregó otra, la de intermediario en el intercambio: el
trueque, que se simboliza como M-M (mercadería contra mercadería), se desdobló
en un cambio de mercadería por dinero y, luego, con el dinero se obtenía el
bien buscado, M-D-M, lo que facilitó enormemente a la actividad. El metal
precioso, oro o plata, es el producto ideal para esta función: tiene poco peso
en relación a su valor, puede dividirse sin sufrir alteraciones y no es
perecedero, ya que se mantiene inalterable en el tiempo. Esta última cualidad
permitió sumar una nueva función al dinero: la de depositario de valor, ya que
es un medio que permite ser conservado para compras y pagos futuros.
Para facilitar el comercio, los reyes decidieron acuñar
discos que garantizaban una cierta cantidad de metal precioso. Nació así la
moneda propiamente dicha, que de una faz tenía la imagen del rey que
garantizaba el valor y en el anverso la cantidad de metal y el lugar de
acuñación (la ceca); por esa razón a los dos lados de las monedas se los
denomina “cara” y “ceca”. Pero hecha la ley, hecha la trampa: inmediatamente
aparecieron quienes se dedicaban a limar prolijamente los bordes de las
monedas, por lo que a esos discos se agregaron estrías que impidieran el
trabajo. Como tradición, muchísimas monedas lo mantienen en la actualidad.
Otro fraude común, esta vez en manos del rey, fue poner
menos metal precioso en la aleación (se llama “ley”) de la moneda que el
indicado en la misma. Esto fue habitual en el Siglo III y IV, durante la
decadencia romana. Un emperador, Septimio Severo, famoso por este manejo, le
dijo a sus hijos en el lecho de muerte: “Enriqueced a los soldados y podéis
burlaros de los demás”, consejo seguido escrupulosamente por muchos
gobiernos americanos en el siglo pasado.
Bancos y papel
La incomodidad y el riesgo de transportar metal precioso
llevaron a que se depositara el mismo en entidades especializadas y la gente se
movilizara con los recibos correspondientes. Fue el nacimiento de la moneda de
papel, sin valor intrínseco en sí, pero que valía por lo que representaba: el
oro o la plata depositada. Era un símbolo del metal.
Al principio como excepción, pero luego cada vez con mayor
asiduidad, por razones especiales se suspendió la convertibilidad del billete
en metal y viceversa. En este caso el billete –que se denomina papel moneda- deja
de ser el símbolo del valor metálico y circula exclusivamente por orden legal;
mantiene su valor adquisitivo por la confianza del público en que seguirá
siendo aceptado por ese valor. En la actualidad, y en el mundo, ya no existe
dinero de papel convertible en metal.
El fin del metal
En el plano internacional y hasta el siglo pasado rigió
el patrón oro. Después de la segunda guerra se reunió una conferencia
internacional (Bretton Woods) para ordenar el sistema monetario; Keynes propuso
crear un Banco Internacional que efectuara las compensaciones originadas en el
comercio mundial mediante una moneda de cuenta, el Bancor. Estados Unidos se
opuso y, como prácticamente todo el oro estaba depositado en ese país, que
también era el único acreedor importante de las demás potencias, logró que el
dólar se convirtiera en la moneda internacional. El dólar, a su vez, tenía una
convertibilidad declarada con el oro.
La masa de dólares emitidos y circulando en todo el mundo
creció de tal forma que si sus poseedores hubieran reclamado su convertibilidad
en oro, Estados Unidos no hubiera podido satisfacerlos y se hubiera declarado
en “default”. Por eso, en 1971, declaró unilateralmente la inconvertibilidad
del dólar.
Durante los años ’90 nuestro peso era convertible en
dólares. Venía a ser una especie de símbolo del dólar. Pero, por su parte, el
dólar era un símbolo de nada, por lo que –por carácter transitivo- el peso
también venía a ser símbolo de nada. ¡Vaya la novedad! podría exclamar un
ahorrista argentino del año 2001, pero esa es otra historia.
Volviendo a Estados Unidos, el dólar inconvertible siguió
siendo la moneda internacional por excelencia. El hecho de ser un país emisor
de una moneda aceptada por todo el mundo es un privilegio enorme. Es lo que le
permitió tener dos déficits paralelos muy grandes, el fiscal y el externo, y
seguir siendo la principal potencia mundial. Y duplicar su base monetaria a
raíz de la crisis de año 2008 sin que el Fondo Monetario Internacional siquiera
proteste