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Era cuestión de que llegara el mes de febrero para que todos los chicos del barrio saliéramos corriendo a comprar bombitas de agua. En la vieja Neuquén de mi infancia, con la llegada de febrero comenzaba palpitarse el carnaval.
Durante las siestas agobiantes eran comunes las guerras de bombitas que, a veces, se extendían hasta el atardecer y no solo la protagonizábamos los chicos. Había muchos padres que, con baldes y mangueras, se sumaban a la “chaya” (término muy utilizado en el norte para referirse a los juegos con agua) para que la fiesta fuera completa. También era común que pibes de otros barrios “invadieran” el nuestro para participar en esas guerras de bombitas corriendo por las calles, que por aquel entonces prácticamente estaban desiertas, sin vehículos ni peligros.
Y lo mejor llegaba cuando todo el pueblo participaba en los festejos centrales con la realización de los tradicionales corsos y desfiles de comparsas. A veces se hacían sobre la calle Sarmiento o en otros lugares del centro que se preparaban para ese día especial que, por lo general, era un sábado a la noche. Para nosotros, los niños, era algo mágico ver las carrozas y la gran cantidad de personas que concurrían disfrazadas para la celebración. Era un show de colores, ruidos y música.
Con el paso de los años, aquella tradición de los festejos de carnaval se fue perdiendo. Es cierto que ahora se celebran de otra manera y con distintas actividades, seguramente más organizadas, más acordes a los tiempos que corren.
Yo me quedo con los recuerdos de nuestros festejos más simples e improvisados, en aquellos veranos agobiantes, jugando con las bombitas y divirtiéndonos de cara al sol.