Me resulta muy difícil pensar en la posibilidad de deshacerme de mis libros, ni siquiera de aquellos que no he leído y, seguro, no leeré jamás. Confieso esto después de escuchar y leer a través de las redes sociales a la gurú del orden Marie Kondo, quien quiere convencernos que sólo sirve convivir con ciertos objetos y prendas que nos proveen de felicidad y recomendó que 30 libros en una biblioteca alcanzan para ser felices.
Mientras la propuesta de la japonesa, autora del best-seller La magia del orden, sigue invadiendo las redes, recuerdo aquel cuento del escritor guatemalteco Augusto Monterroso que habla de un hombre que quiere reducir su biblioteca a cien libros y al final del día se desprende de uno, que tenía repetido.
Una biblioteca es, en cierta manera, una continuación de lo que piensa un lector. Entonces, cómo podríamos descartarlos por una cuestión decorativa, si los libros, las lecturas a las que nos hemos sumergido durante largas horas en diversas etapas de nuestras vidas, nos han formado como sujetos.
Además, el planteo de Kondo nos enfrentaría a un dilema difícil de resolver: elegiríamos aquellos libros por su valor literario o por los que tienen un determinado valor sentimental. Las bibliotecas vacías me aburren porque allí no hay historia.
El consejo de la gurú de la limpieza está dirigido a personas que no tienen mayor vinculación con los libros, a quienes les da lo mismo que les regalen un libro, una toalla o un par de ojotas.
Medir el valor de un objeto en función de la alegría que nos brinda es un problema en el caso de los libros.