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Contraseñas para casi todo

La complejidad de la vida actual es innegable. Son tiempos de fronteras borrosas entre la vida real y la virtual. Todo se mezcla y, en este contexto, hay un enemigo que llegó desde ese otro mundo para instalarse en el centro de la rutina diaria: las contraseñas.
Pocos años atrás y mientras vivíamos en un mundo utópico, alguien se tomó el atrevimiento de jaquear nuestra memoria. Aparecieron los cajeros automáticos, y la necesidad de recordar cuatro ingenuos números provocó cientos de papelitos guardados en la mesita de luz como backup. Pero aquella época idílica se acabó.

Vivimos poniendo claves en los teclados. Al final, el teorema de Pitágoras no era tan jodido.

Primero llegaron las letras y los símbolos, más tarde las mayúsculas y las minúsculas. Se sumó el correo electrónico, el acceso a la computadora del trabajo, los programas que se usan dentro del ámbito laboral y las decenas de páginas que incluyen desde el banco hasta sitios de compras que requieren una contraseña para acceder. Algunos neurólogos advierten que no estamos preparados para recordar más de cuatro contraseñas. El promedio estimado subió a 20 en los últimos años. Imposible de recordar. La ironía es que el efecto Google plantea el fin de la memoria como la conocemos, pero es el propio efecto Google el que rechaza ese mismo espacio para guardar eso que tanto odiamos.

Para colmo, las contraseñas sufren el mismo efecto que los alimentos. Un día, los gurús nos invitan a evitar las naranjas por su carácter nocivo y, días después, la situación cambió al punto que la naranja es la clave de la vida eterna. Nos recomiendan evitar el 123456789 y, al poco tiempo, la clave te pide contraseñas simples. Al final, el teorema de Pitágoras no era tan jodido.