Primero llegaron las letras y los símbolos, más tarde las mayúsculas y las minúsculas. Se sumó el correo electrónico, el acceso a la computadora del trabajo, los programas que se usan dentro del ámbito laboral y las decenas de páginas que incluyen desde el banco hasta sitios de compras que requieren una contraseña para acceder. Algunos neurólogos advierten que no estamos preparados para recordar más de cuatro contraseñas. El promedio estimado subió a 20 en los últimos años. Imposible de recordar. La ironía es que el efecto Google plantea el fin de la memoria como la conocemos, pero es el propio efecto Google el que rechaza ese mismo espacio para guardar eso que tanto odiamos.
Para colmo, las contraseñas sufren el mismo efecto que los alimentos. Un día, los gurús nos invitan a evitar las naranjas por su carácter nocivo y, días después, la situación cambió al punto que la naranja es la clave de la vida eterna. Nos recomiendan evitar el 123456789 y, al poco tiempo, la clave te pide contraseñas simples. Al final, el teorema de Pitágoras no era tan jodido.