Por MARIEL RETEGUI
Neuquén > Julio Contreras se define como un hacedor. Se dice que es un hacedor no sólo de cosas sino hasta de sí mismo. Su infancia no fue sencilla: de niño vendía pastelitos para contribuir con la economía familiar y a los 11 años la vida le ofreció la oportunidad de ser aprendiz de orfebrería. A los 16 ya se había puesto su propio negocio.
Oriundo de Mendoza, a los 6 años, lejos de quedarse a jugar en los pasillos del conventillo en el que vivía junto a su familia, ya se las rebuscaba para salir adelante.
“Conocí una señora que tenía una tienda y que siempre me compraba pastelitos. Un día me preguntó si tenía un hermano interesado en trabajar, y como no pudo ir y no quería fallarle a esa gente, fui yo. Un 29 de diciembre de 1958 entré a un taller de joyería a trabajar y a los 16 nunca más tuve un patrón”, recuerda.
Ya era comerciante cuando empezó a despuntar su otra afición como corredor de motos. Para él no sólo fue un hobby y eso quedó demostrado cuando además de obtener los campeonatos zonal, mendocino y cuyano, alcanzó a ser campeón argentino en la categoría de 100 centímetros cúbicos, en 1975.
De San Rafael se mudó a General Alvear, donde a los 28 años se le despertó la curiosidad por los aviones. Ya le gustaban de antes, pero dice que le llamó la atención un avión nuevo en particular que habían recibido en el aeroclub. De a poco se fue acercando, lo invitaron a hacer el curso de piloto y escaló todas las posiciones dentro de la comisión directiva hasta que fue designado presidente de la entidad.
Para 1982 vivió su propia aventura montado en una moto RD 350 a la que adora y aún conserva. Con ella se fue solo a recorrer en un mes 8.000 kilómetros entre Brasil, Bolivia y Chile. Lo que más le gustó fue pasar la noche en cualquier parte sin depender de nadie.
La prueba de fuego como piloto la tuvo un sábado de 1988 estando en Mendoza a la hora de cierre de su negocio. Le avisaron que una niña de 9 años se había accidentado. Inmediatamente fueron al aeroclub, prepararon el avión y el instructor le dice que la lleve él a la ciudad. “La llevamos y le salvaron la vida. A los seis o siete meses viene una familia con cuatro o cinco niños y la madre le dijo a una de ellos: ‘Andá y dale un beso al señor porque es el piloto que te salvó la vida’. Ese fue un reconocimiento muy grande para mí y de lo que hago en el club”, evoca emocionado.
La vida también le da otras satisfacciones, como ver el inicio de un piloto al que le enseñó las primeras horas de vuelo y que luego sigue haciendo carrera en alguna aerolínea comercial en el país o en África, Yemen o Seúl.
Tras divorciarse, su vida tomó otro rumbo, esta vez hacia Neuquén, cargando a cuestas sus dos pasiones: la joyería y la aviación.
En el aeroclub de Allen está desde hace 23 años. “Me dicen que soy el presidente natural, y ahora, después de veinte años, he quedado como vicepresidente”, comenta.
A sus 67 años, cuenta que vuela por los cielos neuquinos, cuando tiene ganas, en su Piper PA-11. "Es un aeronave de 1947 cuya estructura es de aluminio revestido en tela". Asegura que es un ícono en la aviación porque es el que más gente enseñó a volar. Aquellos que están inmersos en el ambiente aeronáutico saben de la convocatoria a los festivales aéreos, a los vuelos trasandinos que supieron trabar amistad especialmente con los aeroclubes de Temuco, Villa Rica (ver recuadro) y Santiago de Chile.
Agrega que en su vida se forjaron cuatro pasiones: “Una es el trabajo, soy orfebre; otra ha sido el motociclismo, en su tiempo fui campeón argentino; la tercera y actual es la aviación, y la cuarta, la familia, mi mujer y mis hijos”.
Afirma que le hubiera gustado recorrer varios lugares como un “vagabundo en avión”, para aterrizar en cualquier lado, dormir bajo la máquina. Aunque más que añorar cosas por venir, Julio es un agradecido "con las cosas que me han pasado en la vida, con todo lo que he logrado. Me he propuesto hacer cosas y la mayoría las he conseguido”.