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Cruzar un puente

La libre circulación se transforma también en un activo económico para los que trabajan o emprenden.

Los impedimentos para circular parecen moneda corriente. Después de un confinamiento prolongado que impidió las salidas más nimias fuera del hogar, la flexibilización de la cuarentena llegó con otras restricciones para el tránsito: los cortes de ruta.

Cada bloqueo en los puentes divide las aguas entre los neuquinos. Los piquetes de los elefantes, que reclamaban mejores condiciones laborales en el sector de la salud, parecían gozar del apoyo mayoritario de la población, mientras que las medidas de fuerza que levantan los desocupados y las organizaciones sociales consiguen ganar más detractores.

Sin embargo, en una población ya cansada de no poder transitar con libertad, la modalidad de la protesta opaca cualquier legitimidad de los reclamos. No importa cuánta ayuda necesiten: no hay pedidos desesperados que ablanden a los que cruzan los puentes caminando bajo la lluvia, con la única esperanza de sostener un trabajo que ya quedó pendiendo de un hilo después de la pandemia.

Dicen que el tiempo es dinero o que los saberes valen. Y en esa ecuación, la libre circulación se transforma también en un activo económico para los que trabajan o emprenden. Cruzar o no cruzar un puente puede cambiar el rumbo de sus economías, que hoy más que nunca necesitan recuperarse de un año tumultuoso.

Del otro lado quedan aquellos que no tienen nada que perder, los que resistieron el embate de la pandemia sin más escudos que sus propios cuerpos y que hoy exigen la asistencia del Estado para cubrir sus necesidades básicas y concentrarse en otro tipo de problemas, como la posibilidad de cruzar un puente.