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La Mañana

Cuando Neuquén tuvo mar y los ríos corrían al revés

Cómo cambió la zona donde está la ciudad en 140 millones de años.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
Hubo un tiempo en el que los ríos corrían al revés. Venían con toda la fuerza desde el Este para desembocar en el Pacífico. En otros tiempos, ese mismo mar ingresó tres veces, porque la Cordillera de los Andes recién comenzaba a levantarse. Después lo haría el océano Atlántico.
Hace millones de años, el lugar donde se encuentra emplazada la ciudad de Neuquén sufrió dramáticos cambios de clima, de suelo y de vida. Hubo bosques tropicales, dunas y lagunas, desiertos y hasta  costas marítimas. Hubo dinosaurios y animales exóticos, y otros más cercanos y conocidos a los que habitan en la actualidad.
Todos aquellos cambios dejaron huellas que le permitieron a los especialistas estudiar la tierra que nunca conocieron los humanos.
Los continentes nunca estuvieron quietos y siempre se desplazaron lentamente. Hace unos 140 millones de años, a comienzos del período Cretácico, Sudamérica y África eran una sola masa de tierra donde convivían todo tipo de especies animales. Sin embargo, 25 millones de años después, ese gran continente comenzó a fraccionarse hasta dividirse en lo que actualmente conocemos como Sudamérica y África. Ambos territorios quedaron a la deriva. Y en esa etapa de transformaciones, Sudamérica giró hacia el Oeste y terminó unida a Norteamérica, con un angosto puente que hoy es América Central.
Durante el Jurásico Medio y gran parte del Cretácico, el mar del Pacífico ingresaba por el Oeste e inundaba grandes extensiones de tierra. Se estima que estas aguas llegaron hasta lo que hoy es General Roca.
Pero el proceso de cambio no se detuvo allí. El choque de placas del Pacífico y el continente sudamericano generó fallas geológicas y una intensa actividad volcánica.
Ya en el período cretácico, la Patagonia era una región con pendiente hacia el Oeste, y los ríos corrían hacia lo que hoy es la cordillera para desembocar en el Pacífico. De esas tres entradas que tuvo el mar se abrió una gran cuenca que se denominó “Cuenca Neuquina”, cuyo centro estaba ubicado donde hoy está Añelo.
A través de otros tantos millones de años, el océano Pacífico se fue retirando porque la Cordillera de los Andes comenzó a crecer hasta impedir el paso del agua. De la misma manera, las viejas cordilleras que estaban ubicadas a la altura de La Pampa comenzaron a enterrarse.
A finales del Cretácico inferior los mares habían desaparecido de Neuquén y Río Negro, y toda la zona se convirtió en un gran valle.
Treinta millones de años más tarde, la inclinación del continente hacia el Este permitió que los ríos corrieran en sentido contrario para llevar el agua de la cordillera hacia el Atlántico. Por aquel entonces, lo que hoy es la ciudad de Neuquén y el Alto Valle tenía un clima templado y húmedo, producto de los vientos del Pacífico. En la región había animales de todo tiempo y la flora era exuberante.
La última gran transformación se produciría con el ingreso del océano Atlántico. A finales del período cretácico, el mar avanzó tanto que cubrió una gran parte de la Patagonia. El agua invadió un sector de Neuquén y subió hasta lo que hoy es la ciudad de Malargüe, Mendoza. Se estima que el agua dividió al continente en dos partes, y recién muchos años después el mar volvería a retirarse para dejar a la zona de los valles tal cual la conocemos en la actualidad.
La ciudad, antes de contar con las características bardas, valles y ríos, tuvo todos los paisajes imaginables y una variedad increíble de animales, insectos y plantas. Hoy los rastros de aquellas épocas remotas están guardados como secretos en las profundidades de la Tierra.
Los paleontólogos son los encargados de descubrir cada tanto buenas pistas para seguir escribiendo parte de aquella historia y contar cómo era la Tierra mucho antes de los seres humanos, mucho antes del tiempo.

OPINIÓN
Fósiles y más fósiles en el paraíso de los dinosaurios

Jorge Calvo
Geólogo y paleontólogo. Director Ctro. Paleontológico Los Barreales

Neuquén es tierra de dinosaurios y el “paraíso de los fósiles”, no solo por la gran cantidad de dinosaurios hallados, sino también por los reptiles, aves, cocodrilos, anfibios, peces, tortugas, plantas e innumerables especies de invertebrados marinos y continentales que se encuentran en su territorio y llenan los depósitos de los museos neuquinos. La paleontología en la provincia de Neuquén ha crecido enormemente en los últimos 25 años, y eso gracias a los grupos de investigadores que rescatan este patrimonio para todos.

El primero
La ciudad de Neuquén no es ajena a estos descubrimientos, ya que tiene el privilegio de que en 1882 se hallaron los primeros restos de dinosaurios en Sudamérica. De esta manera, la primera publicación sobre un dinosaurio en Sudamérica se hace el 23 de marzo de 1883 en el diario La Nación. Cuenta la historia que el descubrimiento fue por casualidad, mientras se hacía un cableado telegráfico por todo el Norte. El descubridor fue Santiago Buratovich, a quien lo llamaban “el Gringo de los Postes”.
Pero eso no es todo. Muchos de los fósiles hallados al norte de la calle Leloir, desde aquellos tiempos hasta la actualidad, corresponden a cocodrilos, aves, huevos, dinosaurios y serpientes de 85 millones de años que son importantísimos a nivel mundial; como así también, increíblemente, en el oeste de la ciudad de Neuquén se encuentra uno de los dos yacimientos de huevos de dinosaurios de la provincia.
Por ello, la ciudad de Neuquén, cuna de los dinosaurios de Sudamérica, es la puerta de entrada a la paleontología de la provincia.
Y en cada descubrimiento sigue asombrando al mundo.

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