La lluvia que amenazaba con ser recordada como un nuevo temporal se vivió apenas como una serie de días mojados en una ciudad que no está preparada para el agua. Transitar por las calles neuquinas en un día de tormenta se convierte en una odisea para todos: los colectivos cambian el recorrido, los automóviles se atascan en el tráfico y los peatones no tienen más opción que llegar a casa empapados.
El agua desnuda una deuda pendiente de todos los automovilistas hacia los transeúntes, que suelen ser los menos respetados en las calles de la ciudad.
Los que caminan parecen llevarse la peor parte durante las tormentas: los cordones cuneta se desbordan y es imposible cruzar la calle sin pasar por algún charco; los conductores pisan el acelerador y no se esfuerzan por ceder el paso, y las veredas se vuelven un rompecabezas de barro y baldosas flojas.
Con lluvia o sin lluvia, el menosprecio hacia los peatones empuja a todos a subirse arriba de un auto, en una ciudad donde ya no caben otras cuatro ruedas extra. Las normas de tránsito que centran la prioridad en los transeúntes parecen enterradas desde hace tiempo y sólo los volantes se ganan el respeto en el asfalto.
En otras ciudades, la sola acción de apoyar la suela sobre el concreto hace detener a toda la cuadra. Así, las urbes amables con los que caminan desincentivan el uso de los vehículos y logran descongestionar el tránsito.
Ante un parque automotor que cada día satura más las calles, sólo la educación vial y el respeto hacia los peatones y ciclistas lograrán hacer lo que no consiguió el estacionamiento medido: dejar el auto como último recurso.
El agua desnuda una deuda pendiente hacia los transeúntes, que suelen ser los menos respetados.