Sin embargo, nos invaden ahora anglicismos que tienen palabras equivalentes. Y así aplastan algunas ideas y vocablos que las representaban. Tal vez se adaptarán al español en grafía y fonética, pero no sin dejar antes algunas víctimas. Llamamos a alguien "friki" (del inglés freak) y olvidamos "chiflado", "extravagante", "raro", "estrafalario" o "excéntrico". Necesitamos un "password" y dejamos de lado "contraseña" y "clave". Olvidamos la genética castellana de "evento" (algo "eventual", que ocurre de improviso) y nos olvidamos de "acto", "actuación", "conferencia", "inauguración", "presentación", "festival", "seminario", "coloquio", "debate", "simposio", "convención". En los programas de tele sobre talentos nos presentan a un "coach", es decir, a un "preparador", "adiestrador", "profesor", "supervisor", "entrenador", "tutor", "instructor", "asesor", "formador". La riqueza de nuestro lenguaje depende de lo que decimos pero también de lo que dejamos de decir, y por tanto perdemos. El problema no es que lluevan anglicismos, sino que se rodeen de cadáveres. No seremos más inteligentes si decimos "candybar" o "wedding planner". No seamos una sociedad de esnobs.