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Decime qué se siente

Luciano Carrera

Los genios son así. Se callan durante 90 minutos y te cierran la boca en un instante. En el partido al que estaba llamado, como casi siempre pero más que nunca a hablar dentro de la cancha, a respaldar en el verde césped su reclamo postriunfo ante Bosnia, permaneció en silencio, casi aislado, triste y extrañamente lento, perdido en la muralla iraní, como esperando el momento preciso en el que le digan: ahora pibe, haga lo que usted sabe, muéstrele su gracia al mundo.
El golazo de Messi evitó un lío grande, sacó la cara por el resto sin abrir la boca esta vez, disimulando las preocupaciones de un equipo en el que, cuando los mejorcitos son Romero y Rojo, es porque algo falla en serio. Más allá de que en los mano a mano no habrá tanta cautela enfrente, la manera en que se defiende en retroceso nos genera pesadillas con hombrecitos vestidos de naranja, celeste o azul, con esos rubios grandotes que nos mandaron a casa las dos últimas veces.
Lio habló en la cancha para desatar sonrisas y festejos, pero afuera hubo otro que no supo mantenerse callado. Achaques de la edad, tal vez, Julio Grondona intentó llevarse un pedacito de atención tildando de mufa a un hombre que fuera del campo se equivoca seguido, pero al que le debe todo lo que tiene por lo que hizo con la pelota en los pies. Los eternos años al mando de un fútbol argentino al que dejará destruido, las décadas durmiendo en hoteles 7 estrellas, los millones que le asegurarán los mejores cuidados. Un hombre al que los hinchas, incluso los que ahora le muestran los colmillos, le deben una alegría por lo que hoy rezamos. ¿Qué se sentirá escuchar desde la platea una ovación como la que se le dio a Maradona en pleno partido en tierras enemigas? ¿Qué se sentirá ser el dueño del fútbol argentino y no tener nada más que eso?