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Defender, pero ¿a qué precio?

En el imaginario popular, los abogados están mal vistos por ser caranchos y por defender a quien sea y como sea. No es nada nuevo, al menos desde pibe se repite esta concepción.

En una charla muy interesante con el defensor oficial Fernando Diez en LU5, explicó que la labor de ellos “consiste en garantizar un justo proceso al acusado”. En ese derrotero, el defensor busca que su cliente llegue a juicio y, en el caso de ser condenado, reciba una pena acorde y no desproporcionada, muchas veces alimentada por la indignación popular.

Ahora salieron a la luz dos casos de mujeres víctimas de violencia que aparentemente fueron manipuladas por defensores oficiales para que se retracten y así el acusado no reciba una condena que podría ser de prisión perpetua.

Es aquí donde nos preguntamos ¿a qué precio hay que defender?

En una sociedad donde se busca proteger a la mujer víctima de violencia, hay maniobras que rozan lo detestable. En el círculo vicioso de la violencia conyugal existe un estado de tensión que deviene en una golpiza y se cierra con un nuevo reencuentro. Esto es algo que se busca cortar definitivamente y no retroalimentar.

Que un abogado lleve a una víctima de violencia al extremo de hacerle pensar que sus actitudes o conductas fueron las que desencadenaron la violencia es retroceder muchos años de lucha. Esto no se le puede permitir a nadie y menos a alguien que tiene la responsabilidad de hacer prevalecer la ley y no valerse de ella y de sus interpretaciones para favorecer a un violento.

Necesitamos claridad en estos hechos porque hoy la defensa oficial carga con una mancha social que será muy difícil de borrar.