La asunción de Mauricio Macri genera un sano entusiasmo en buena parte de los argentinos. Y su discurso inaugural ha sido auspicioso, en especial para esa mayoría que eligió sepultar al kirchnerismo y buscar un nuevo comienzo, al menos en las formas. Este ingeniero que llegó al poder con los bolsillos llenos y no necesitó de la función pública para enriquecerse ha permitido desacralizar la política que conocimos.
Lo dijo al advertir que "tenemos una visión nueva de la política" y lo demuestra: no hace gala de su capacidad discursiva y no hace un dogma de sus ideas. Si hasta se permitió bailar -patadura como es- en el mítico balcón de Perón, Alfonsín y otros líderes históricos. En su primer acto, Macri pateó los paradigmas de los últimos años y arengó a que "nuestro lugar de encuentro sea la verdad" porque "la diversidad nos enriquece y nos hace mejores". Lo planteó como "un desafío excitante, cansados de la prepotencia y el enfrentamiento inútil".
Avanzó en su idea de cuidar lo conseguido pero sumó su "total apoyo a la Justicia independiente". Alertó al mundo que viene a superar el tiempo de la confrontación y llamó rápido a sus adversarios Scioli y Massa porque "estamos unidos por la vocación democrática". Y dejó el desafío de convocar a todos "a aprender el arte del acuerdo". Hoy lo espera la realidad, que suele ser más compleja que una linda noche de bodas. La expectativa está, de él depende.