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Eriza la piel ver a esa pareja de ancianos festejar hasta las lágrimas al pie del monumento neuquino. También a esa nenita en los hombros de su padre que mueve las manitos al compás de la hinchada. Y ni hablar a aquellos 40 mil que coparon el estadio en el que Argentina goleó 3 a 0 a Croacia en Doha, Qatar, para meterse en la gran final de la Copa del Mundo.
Lo dijo Luis Enrique, ex técnico español, apenas quedó fuera del Mundial el equipo que conducía: “Me gustaría que Argentina sea campeona, por Messi y porque tienen a la hinchada más pasional del mundo, se lo merece”.
Pues bien, más allá de que el fútbol forma parte de un juego y debería quedar en un segundo plano en la vida de las personas, sabemos que en la Argentina de ningún modo es así.
Que aquí se respira el más popular de los deportes, que un resultado es capaz de cambiarles el humor a los hinchas. Ayer se vio reflejado nuevamente.
Y en ese sentido, esta hazaña del seleccionado nacional viene como anillo al dedo para que la gente disfrute en tiempos muy complicados y adversos, que descomprima tensiones en una época del año a la que todos llegan con la lengua afuera, que gocen de una alegría así después de tanto aguardarla.
Falta un pasito, claro, y no hay que descorchar antes de tiempo (anulo mufa, como dicen los pibes ahora).
Lo cierto es que la Scaloneta le devolvió la fe a un pueblo sufrido, que se encolumnó detrás de un equipo que fue de menor a mayor en la competencia y con el que se identifican los hinchas. Por su compromiso, amor propio, agallas. ¡Vamos, Argentina! Once (26) leones y 45 millones merecen la Copa.