Derecho a transitar, a vivir en libertad. Derecho a caminar por los espacios públicos. Derecho a manifestarse a protestar y a reclamar. En un Estado de derecho como en el que supuestamente vivimos, todos estos principios deberían cumplirse y respetarse, como los privilegios más básicos de la convivencia organizada y en democracia. Todos por igual suelen repetir que la libertad de una persona termina cuando empieza la libertad de otra. Pero no siempre se cumple.
Ayer los habitantes del Alto Valle vivimos una jornada de caos donde los mencionados derechos quedaron pisoteados en los puentes que unen Neuquén con Río Negro y en distintas rutas de la región. Quedaron pulverizados, pegoteados contra el pavimento por dos protestas que –fatalmente– se hicieron de manera casi simultánea, como si hubiesen sido coordinadas sólo para complicarles la vida a miles de personas.
Fueron los desocupados de la UOCRA los que arrancaron con los piquetes para reclamar puestos de trabajo y un par de horas después, beneficiarios de planes sociales (que dicen ser del MPN) se plantaron entre Neuquén y Cipolletti para reclamar un bono de fin de año. El resultado fue un caos.
Los piquetes no distinguieron a pobres ni ricos. Ni a jóvenes ni viejos. Fueron inflexibles para todos los que intentaron circular y que tuvieron que quedarse a esperar una solución a un problema del que eran totalmente ajenos.
Ayer quedó claro que los derechos y libertades todavía son enunciados vacíos. Y que frente a la violencia de algunos y a la pasividad de quienes gobiernan, a la gran mayoría no nos queda otra que la resignación, claro está, con una gran cuota de tolerancia.