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Desigualdad que mata

Laura Hevia

En abril, un joven se tiraba a las frías aguas del Lácar junto a su novia para terminar con su vida. Ayer, en otro caso, un hombre le disparó a su pareja en Neuquén y se suicidó. El mismo día, en Rufino, el cuerpo de Chiara Páez, de 14 años, es hallado enterrado en el patio de la casa de su novio, de 16. Cada 30 horas hay un caso distinto, pero similar, en nuestro país. ¿Por qué la muerte de una mujer no es igual a cualquier otra de las que vemos a diario? ¿Por qué se habla de femicidio o por qué otros hablan de matar por celos?
La violencia de género expresa la desigualdad entre hombres y mujeres, esa que desde hace miles de años establece que el hombre es más capaz que una mujer. Pese a que las cosas cambiaron en todo ese tiempo, aún la responsabilidad de ocuparse de las tareas del hogar sigue siendo cosa de mujeres, o en los trabajos son ellas las que ostentan los puestos menos rentables. Escasas veces los ejecutivos o mejores pagos. También es cosa común que en la calle un hombre le grite o murmure algún piropo a una chica, porque socialmente aún está bien visto.
El femicidio o el crimen de una mujer no es igual a cualquier otro porque señala más que un crimen: es una muerte marcada por esa desigualdad, la que la cataloga como propiedad de un hombre o simplemente como algo de menor valor. No se mata por celos, sino por miedo a perder algo considerado propio. “El miedo de la mujer a la violencia del hombre es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”, decía Eduardo Galeano. Pedir que se termine con esas muertes es también pedir que se respete la libertad de las mujeres a pensar distinto, a decidir sobre su cuerpo, desde ser madres o no hasta qué ropa ponerse, sin temor a ser acosadas en la calle.