La realidad nos golpeó de lleno. Una compañera estacionó su auto frente al diario y a pesar de que tomó todos los recaudos del caso, un delincuente la sorprendió, la empujó y le arrebató la cartera. Los gritos desesperados despertaron la solidaridad de peatones y automovilistas que prácticamente cortaron la calle Belgrano, a la altura de Jujuy, para tratar de dar con el ladrón. El joven delincuente, para evitar ser atrapado, tomó la billetera y arrojó la cartera. Los vecinos buscaron, sin éxito, un móvil policial.
Alba Suárez, la periodista que sufrió el robo, encaja a la perfección como víctima preferida de los ladrones. Abuela, siempre amable, con dificultades para caminar por una prótesis en una pierna, se sumó a las tantas personas mayores y vulnerables que han sido asaltadas en Neuquén.
Este caso nos deja entrever lo peor de nuestra sociedad, donde los delincuentes no reparan en nada y no respetan a nadie, ni siquiera a una abuela. La conmoción que generó el delito en Alba duele y su relato despierta aún más bronca e impotencia, porque esto no se puede prevenir y porque mañana puede ser alguien cercano a quien por unos pocos pesos –Alba tenía 250– lastimen brutalmente.
Mirando a la distancia, se trata de un caso mínimo, de esos que ni siquiera da a conocer la Policía, pero el impacto que genera es importante. Enfrentamos a una delincuencia despiadada y sin códigos.
Podemos hacer profundos análisis de la deuda social del Estado para con estos jóvenes, incluso podemos poner un manto de piedad sobre ellos, pero hay construcciones que son naturales, como el respeto por el más débil, que obviamente se ha perdido y nos ha dejado abandonados a nuestra suerte en una jungla donde sobrevive el más fuerte y voraz.