El gobierno nacional hace su mayor esfuerzo por minimizar los corcoveos del dólar durante los últimos días y asegurar que el aumento de la divisa norteamericana no debería tener consecuencias en la coyuntura.
Entre los economistas no oficialistas hay una marcada coincidencia en atribuir las bruscas variaciones de la cotización a una sensación térmica de desconfianza en el gobierno y en una eventual derrota del macrismo en las PASO de agosto.
Un clima semejante al de estos días se vivió, recuerdan, en 2011, durante el gobierno de Cristina Kirchner.
El Gobierno minimiza el problema del dólar, más que por tener argumentos convincentes, porque no le queda otra.
Son evidentes sus flaquezas originadas por el déficit de las cuentas públicas y la falta de una conducción sólida del equipo económico.
El Banco Central parece más focalizado en domar la inflación que en intentar jugar en equipo con una política monetaria consistente.
Las políticas del equipo económico de Mauricio Macri se asemeja a aquellos raquíticos rendimientos de la selección del Tata Martino con una delantera que leía una partitura y la defensa otra.
Es probable que una vez que la polvareda se asiente en la plaza cambiaria los ánimos se calmen. Sin embargo, es posible que la fuerte devaluación que marcó el talante económico en el inicio del segundo semestre termine de echar por tierra las aspiraciones de una inflación contenida.
La volatilidad del dólar durante las últimas dos semanas tiene un impacto marcado en los bolsillos de los asalariados con ingresos fijos. Y ellos también votan el 13 de agosto.
La volatilidad del mercado cambiario parece cargar una alta dosis de desconfianza en todo lo que se viene.