"Todo lo que tenga que ver con la defensa de las personas me corresponde”, afirmó Jaime De Nevares cuando en 1975 fue convocado desde Buenos Aires para presidir la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Esta afirmación seguramente la reiteró cuando en diciembre de 1983 aceptó integrar la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), organismo creado por decreto por el entonces presidente Raúl Alfonsín, para investigar las graves violaciones a los derechos humanos ocurridas en nuestro país entre 1976 y 1983. Se sabe que el obispo de Neuquén sentía una profunda admiración por el trabajo de Alfonsín en materia de derechos humanos, pero después se decepcionó con la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.
El obispo de Neuquén viajaba todos los martes a Buenos Aires, donde se reunían los integrantes de la Conadep. Al regresar decía: “Estamos descendiendo a los infiernos”, refiriéndose a las declaraciones que escuchaba de los testigos y denunciantes, víctimas del horror de la dictadura.
Hoy, hace 30 años, el escritor Ernesto Sábato entregaba a Alfonsín los resultados de esos testimonios que ponían nombres y direcciones a la barbarie, y que abrieron la puerta para enjuiciar a las juntas militares.
De Nevares fue una pieza clave en ese grupo de hombres y mujeres comprometidos con la defensa de los valores democráticos, que elaboraron el informe Nunca Más, el cuerpo del delito más siniestro de la historia argentina. Un documento constituido como parte fundamental para analizar el pasado y darle sentido a un presente en el que los juicios siguen trayendo más pruebas de la crueldad.