La noticia no puede ser más sintomática: una directora cierra la escuela porque afuera suenan las balas cruzadas; no se puede enseñar, lo impide la violencia del barrio. La enfermedad social (que protagonizan y a la vez padecen los más grandes) amputa el futuro de los más chicos. Y todos -alumnos pequeños, pandilleros grandes, profesores, comerciantes y vecinos- consumen sus días dentro de una caldera donde reina la agresión, el valor dominante.
Cuenca XV forma parte de la “periferia” neuquina, ese ancho y alto territorio desangelado hasta donde no han llegado las mieles de los buenos servicios públicos (incluido el acceso a la cultura). Es parte del patio trasero de la ciudad número uno de la Patagonia. Y, como tal, sufre las consecuencias de un crecimiento abrupto, precario; y de las cadenciosas políticas oficiales de mejora.
Y, por supuesto, sus escuelas (recordemos que en una de ellas enseñaba Carlos Fuentealba), como tantas del país, son hoy refugio, abrigo y contención mucho antes que sitios para transferir conocimiento.
Los balazos a las puertas de ese nido -donde no se pelea ni se grita, sino que se escucha y se atiende a los chicos- están, al mismo tiempo, instalando a fuego la idea de que no se puede salir del círculo vicioso.
Lo peor que siembran estas armas con su ruido aterrador es la marca de la impotencia en las cabezas de esos chicos sin mañana. La prepotencia de que no vale la pena buscar otro futuro. La lógica de la selva.
Hay toda otra ciudad acomodada -funcionarios a la cabeza- con capacidad para zambullirse de inmediato al rescate de los náufragos. De lo contrario, poco a poco, el tsunami de los tiros irá anegando a los que se desentiendan del tema. Es inexorable.