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Dos reacciones tras el incendio

Mario Cippitelli

"Todo suma”, me dijo un hombre que revolvía basura quemada y festejaba el hallazgo de un envase de desodorante, tiznado, que apenas si funcionaba.
Los bomberos habían terminado de apagar el incendio que consumió parte del depósito del supermercado Capriolo, y la gente comenzó llegar desesperada hasta los tres containers repletos en busca de algo para llevarse.
En los volquetes había de todo. Trapos de piso quemados, envases de champú y de detergente y también otros productos -muy pocos- relacionados con los alimentos.
“Cuando se sequen van a quedar bien”, aseguró una mujer de mediana edad que estaba metida dentro del contenedor y había rescatado un paquete de galletitas ahumadas y pasadas por agua. Un adolescente custodiaba todo lo que ella sacaba y arrojaba dentro de una caja de cartón. El olor a quemado era insoportable.
Como la mujer, decenas de personas se acercaron corriendo en busca de algún tesoro. “De algo que sirva”, me contestó otro hombre hundido entre los desperdicios hasta la cintura, cuando le pregunté qué buscaba con tanta desesperación.
La escena contrastó con las primeras imágenes que se vieron temprano cuando se conoció la noticia del incendio. La de los vecinos en apoyo al propietario del supermercado y preocupados por la suerte que podía correr el local donde cotidianamente hacen sus compras. Fueron dos situaciones opuestas, pero con los mismos protagonistas.
Me quedo con la primera. La de la solidaridad, la del apoyo, la de los buenos vecinos. La segunda, inexplicable, es la de la falsa necesidad. Es la imagen de quienes son capaces de sumergirse en la basura hasta la cabeza. Aunque el premio sea tan solo un trapo de piso quemado.