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Duele el alma, pero está llena

Luciano Carrera

El sueño perfecto acaba de romperse en mil pedazos, estallando en el cielo que tuvimos tan cerca. En la redacción reina un silencio que aturde. Ya no sufrimos. Todo es tristeza. Ni ganas de acordarse del penalazo sobre Higuaín. El fantasma del Maracanazo se vistió del de Codesal, pero ni eso ayuda. “Perder 7-1 es mejor que por penales”, había dicho el viejo zorro Van Gaal, DT de Holanda, luego de caer con los nuestros en semifinales. Ahora creo entenderlo un poco más. Nada había como darle la vuelta en la cara a los pentacampeones, después de que ellos terminaran cuartos un Mundial que organizaron para sacarse una espina de 64 años, que hoy tienen clavada en el alma, bien adentro. Nada como vengarnos de Alemania, por lo del ‘90, lo del 2006, lo del 2010. Nada como ver convertido a Messi en leyenda, como tener el póster de Mascherano con la Copa del Mundo en sus manos, tan merecido todo, por su carrera, por su torneo, por una final en la que fuimos más. Nos dejaron acariciar la gloria eterna para luego dejarnos desnudos. O casi. Porque si los brasileños nos preguntan “¿decime ahora qué se siente?”, no dudamos: orgullo, ¿ustedes? Y eso nos viste. Nos reconforta. Es el abrazo que no pudimos darnos al final en medio de esa alegría que nos invadió el cuerpo durante los últimos días, como antes, como nunca. Hace 24 años perdimos la Copa, con otras armas, y los recibimos como héroes. Pasará hoy, otra vez, porque hay dolores que duelen menos cuando un grupo de millonarios precoces deja la piel por una camiseta que nos embandera sin distinciones. Porque los que eran hijos en el ‘86 hoy fueron padres, pudiendo transmitir lo que es este amor eterno por la celeste y blanca.