Por Vicky Chávez
Neuquén > El tránsito por la historia oral conlleva la magia del contacto directo con protagonistas o sus descendientes. Durante la entrevista a Eduardo Oscar Roza, tuvimos la oportunidad de conocer su vastísimo archivo documental, imposible de detallar en este espacio. No obstante, intentamos sintetizar lo más destacado de tan rica historia deportiva. Asimismo contamos con el valioso aporte del Archivo Histórico Municipal.
Eduardo proviene de una familia pionera de estas tierras, iniciada en 1888 con el matrimonio de Francisco Roza y Antonia Arandía. La familia arribó a la región en 1901, con el fin de arrendar campos por el entonces caserío de la Confluencia. Luego de realizar un estudio del terreno, acamparon en la Isla del Estado en Indio Muerto (hoy China Muerta). Pero poco después, la familia debió retornar a Buenos Aires, hasta que, en 1908, Francisco regresó a la capital neuquina en compañía de José, su hermano menor. Los demás hermanos, Pascual, Pedro y Nicolás, también vendrían al valle un tiempo después, y luego lo harían las hermanas.
Pronto, los Roza comenzaron a dedicarse a la compra, crianza y venta de ganado mayor y menor. En la calle Río Negro instalaron un local, que era carnicería y fábrica de embutidos, trasladado posteriormente a la calle Golfo San Matías.
Francisco, estrechamente vinculado con la comuna, fue elegido concejal en 1915. Pero a pesar de los lazos que lo unían con nuestro territorio -todos sus hijos concurrieron a viejas escuelas de la zona-, en 1926 tuvo que regresar a Buenos Aires; emprendedor, al poco tiempo instaló un establecimiento agrícola-ganadero.
Años después, en 1934, este intrépido pionero encontraría la muerte. Acaso por motivos más cercanos a la nostalgia que al interés, su hijo Oscar regresó al territorio en 1937 con su familia: su esposa Emma Cesar y sus hijos Roberto, Néstor y Eduardo. Aquí, Oscar se instaló en sociedad con Francisco Pemp para desarrollar una fábrica de embutidos y carnicería llamada “El Neuquén”, ubicado en Sarmiento 55.
Nuestro entrevistado nació en la ciudad bonaerense de Rauch el 25 de enero de 1935. Arribó a Neuquén de pequeño. Aquí su familia se afincó en la calle Río Negro 245 y luego en Golfo San Matías, en el Solar 2 de la Manzana 120 del ejido urbano dedicándose a la ganadería y a la venta de derivados.
El 25 de mayo de 1963, Eduardo contrajo matrimonio con Alicia Marta Llamas, con quien tiene dos hijos: Pablo Oscar (46 años) y Daniel Omar (41). Ellos les dieron tres nietos: Diego, Justino y Antonio.
Trabajo y deporte
Eduardo es un ypefiano de ley. Desarrolló una vasta actividad laboral en YPF, de donde se jubiló en 1984. Además, se destacó con profunda pasión en deportes como fútbol –fervoroso hincha de Boca Juniors-, tenis, básquet y canotaje, y en un hobby como el aeromodelismo. Todas estas actividades lo tuvieron a Eduardo como principal referente a lo largo de tres décadas, durante las cuales pasó por los clubes más prestigiosos de la región del Alto Valle de Río Negro y Neuquén.
Espíritu deportivo
Sobre el aeromodelismo, Eduardo contó: "Entre 1945 y 1946, en mi casa de la calle Río Negro, junto a mis hermanos, vecinos y amigos construíamos aviones de madera balsa (planeadores y de hélice con goma). Las primeras casas que proveían los materiales para este hobby eran Casa Chela, ubicada en la mitad de la Avenida Olascoaga; otro negocio estaba al comienzo de la calle Juan B. Justo y más adelante los negocios de los señores Sánchez, en calle Salta, y Rizzo, en calle Roca.
Probábamos los aviones a baja altura en los potreros del ferrocarril, entre las calles Olascoaga y Mitre, frente al galpón de carga. Con los años, este hobby se tornó competitivo y los aficionados comenzaron a confeccionar los planos de los modelos -hasta entonces, se utilizaban planos adquiridos en Buenos Aires- de acuerdo con sus convicciones. Los concursos de aeromodelismo se realizaban los domingos a la mañana, justo cuando yo jugaba por el campeonato de fútbol en tercera división. Cuando tuve un domingo libre, y coincidiendo con la competencia, me propuse participar en uno de ellos, el cual se realizaba en el Aero Club Neuquén. Terminé mi planeador la víspera del concurso, con tan mala suerte que al juntar las dos alas en vez de pegarlas con el cemento que se usaba en ese entonces (una parte líquida de acetona y otra parte era celuloide) las pegué con un líquido que se usaba para el estiramiento del papel (japonés) llamado 'Dope', con el cual se forraba todo el fuselaje y las alas. Como no tenía tiempo para pegarlas de nuevo, se me ocurrió coserlas con alfileres y un alambre extra fino. Era la primera vez que participaba. Mi modelo, bastante 'distinto' al de mis futuros contrincantes, hizo que se acercara el señor Maschiovechio y me preguntara si iba a participar con ese planeador.
Comienzan los lanzamientos. Pasaron varios aviones hasta que llegó mi turno. Mi planeador toma altura hasta llegar a la posición en que se desprende de la cuerda. Para asombro de todos, mi modelo se comportó de maravillas: da una vuelta al aeroparque y en el próximo giro se desvía dirigiéndose al norte (las bardas); lo fui corriendo un trecho, pensando que podía bajar pero eso no ocurrió. Le tomaron el tiempo: 7,5 minutos y no quería bajar, se iba alejando en la lontananza. Cuando regresé al aeródromo después de un buen rato, me informan que el evento se había suspendido debido al fuerte viento que se desató.
Me dieron, por los tiempos acumulados, como moralmente ganador de la prueba pero sin premio alguno. Me quedó la satisfacción de haber participado por primera vez y salir triunfador.
Al día siguiente, con varios compañeros, entre ellos Deluca, hermanos Martínez, Sainz y también mi hermano Néstor, de la Escuela Industrial nos hicimos 'la rata' para ir a buscar el avión. Estuvimos todo el día en medio de las bardas buscando, pero sin éxito.
Del potrero al club Pacífico
En relación con el fútbol, Eduardo comentó que “mis comienzos podrían enmarcarse en la canchita de los hermanos Medina, un potrero mantenido por ellos, de ahí el nombre. Se encontraba formado por un triángulo entre las calles Tierra del Fuego, Mitre hasta comienzo de Río Negro, y las vías muertas del Ferrocarril, que desembocaban al final al desembarcadero de animales del tren (hoy Plaza Islas Malvinas). Un predio conformado, en su totalidad, por yuyos añejos.
Debo nombrar algunos de los amigos del barrio: Casal, Mota, Seage, Orbanich, Ricobon, Martínez, Vidal, Aguirre, Cevallos, Torres, Calvar, más los que provenían de los barrios vecinos: los hermanos Ruso, hermanos Pidarello, Eduardo Ortega, Fernández, Arias, Alarcón, Martínez, Marin, entre otros.
La cancha estaba siempre concurrida. Hacíamos los arcos con cajones de lustrar. Cada equipo al término del partido sobrepasaba los 20 ó 25 jugadores, dado que a medida que llegaban iban entrando. En verano, al finalizar el encuentro, nuestros rostros eran irreconocibles por el polvo y tierra que se levantaba.
En 1943 di mis primeros pasos en torneos de fútbol, cuando habitaba la mitad de la cancha del Club Pacífico. El encargado de dirigirnos era Antonio Paladino, quien había llegado como empleado de Gendarmería Nacional, formó un equipo auspiciado por la marca Mejoral
En 1948 integré la cuarta división por el Club Independiente (no oficial). Participé de varios partidos y torneos y una salida como preliminar al club Cipolletti. Entre los correspondientes del equipo podría nombrar a Ruso, Pidarello, Ricardo Aria, Fernandito que pasan en su totalidad a tercera división. Yo por ser más chico, quedé relegado. Sería un año después cuando me tocaría integrar el plantel de tercera división del Club Pacífico, con la fortuna de participar de la obtención del campeonato. Con el mismo plantel base obtenemos los campeonatos: Campeonato Infantil Evita, por la provincia; Club Colegial Escuela Industrial, y por salir campeones viajamos a Buenos Aires para participar del Campeonato Argentino.
Entre 1948 y1949, se formó un equipo de fútbol dirigido por el Padre de la Iglesia de Neuquén, el cura Gallone, para cotejar con sus similares de los colegios de Río Negro y Corrientes. Realizamos los viajes en un camión que era provisto por el Ejército del Neuquén, el cual estaba cerrado por una lona. Como no tenía calefacción, en invierno nos teníamos que aguantar el frío, pero todos contentos por las salidas. Entrenábamos en el patio de la iglesia –hoy Catedral-, al lado del Banco Hipotecario. Nuestra cancha era un enorme arenal.
Durante los años 1950 y 1951 participo de los campeonatos Capitán López y Capitán Roza. Los partidos se jugaban los domingos a la mañana, y participaban casi todos los clubes barriales.
Para el segundo Campeonato Infantil Evita, ya contábamos con un equipo seleccionado. Entramos en la final del torneo y jugamos con el equipo de Plaza Huincul, pero no ganamos. La victoria significaba viajar a Buenos Aires.
Entre 1952 y 1957 fui jugador del club Pacífico. En 1954 viajamos, junto con Horacio Pacheco, Héctor Contreras, Pedro Carro y Antonio Alvear, a la Capital Federal becados por la Fundación Eva Perón para ingresar en la Escuela de Educación Física, orientación en futbol y básquet. Fue maravilloso, pero duró poco: debido al golpe de Estado de 1955 tuvimos que regresar, y la escuela fue desarmada.
Frustrado pase a San Lorenzo
En 1957, mientras Enrique Benedetti se hallaba al frente de Pacífico, me tocó afrontar el momento más amargo de mi vida. Jorge Enrico, director técnico del club Cinco Saltos, un ex jugador de nivel que militara en San Lorenzo de Almagro y en varios clubes de México, me vio jugar durante un partido amistoso entre las selecciones de Neuquén y su similar de la ciudad de Zapala. Al cabo del cotejo me entrevistó diciéndome que su equipo precisaba un número 5, y que yo reunía todas las condiciones para formar parte de su elenco, siempre y cuando se obtuviera el pase definitivo para nuestra institución. La cosa no terminaba allí. Enrico tenía intenciones de llevarme a probar a San Lorenzo de Almagro, tenía enormes expectativas en mis condiciones para destacarme en el profesionalismo. Lamentablemente el pase no se concretó: la comisión directiva de Pacífico primero había aprobado el pase, pero luego se retractó, diciendo que precisaban mis servicios. Mi reacción en ese momento fue de bronca e impotencia por haberme sentido defraudado y tildé a todos en su mayoría de personas de pocas palabras, sabiendo ellos que en los años que participé lo hice con toda pasión y desinteresadamente. Desde ese día no jugué más para esa entidad. Recién un año después fui transferido con pase definitivo al club Fernández Oro, que también participaba de la Liga de la Confluencia como el club Cinco Saltos. Tengo la satisfacción de haber ayudado a ganar por primera vez en la historia del club el primer campeonato. Salí goleador de la Liga, y por ello fui convocado para integrar la selección de Confluencia.
A partir de 1959, integré diversos equipos con los que obtuvimos grandes logros. Recuerdo que los campeonatos Liga Mayor, en los que intervenían combinados de la Liga Confluencia, la de Río Negro y la de Neuquén, contaban con jugadores provenientes de todo el país. Jugué también en el club Fernández Oro, en YPF –con el que realicé viajes como por ejemplo a San Rafael, en Mendoza, para jugar contra nuestros pares de esa ciudad-, en San Martín de Cipolletti. Hasta que en 1965, el por entonces director técnico de Pacífico, Antonio Paladino, con quien nos conocíamos porque había sido mi director en mis inicios en el fútbol infantil, me preguntó si quería integrar nuevamente la escuadra del club. Al ver que la comisión directiva estaba conformada por nuevos dirigentes acepté gustosamente. La presidencia del club en ese entonces era presidida por Robiglio. Ese año salimos campeones en primera división de la Liga Neuquina. Además, el periodismo en conjunto con la Asociación de Árbitros del Neuquén me otorgaron por primera vez un trofeo anual: la Copa al Caballero del Deporte. Estaba muy contento, porque también me seguían teniendo en cuenta para integrar el combinado de la Liga Neuquina y tenía la oportunidad de enfrentar, entre otros, al Seleccionado Juvenil de Buenos Aires, de visita a esta ciudad. También viajamos a la ciudad de Esquel, en Chubut, para disputar n torneo amistoso con equipos de allí, Comodoro Rivadavia, Bariloche y de Zapala. Y así, seguía jugando al fútbol, actividad que no abandoné sino mucho tiempo después.
Sin dudas, otras de su grandes pasiones fue el canotaje, a través del cual consiguió importantes desafíos.
La trayectoria de este vecino está signada por el esfuerzo, el tesón y el amor al espíritu deportivo, que se vio coronado con importantes logros por siempre atesorados en una larga lista de recuerdos imborrables, como también por la amistad de compañeros y rivales.