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El acorazado kirchnerista

Daniel Capalbo.

El manual no escrito del buen peronista indica que del poder no se va nadie. El poder no se entrega y se disputa palmo a palmo. En la gestión y también en las elecciones. A veces, cerrando los ojos para no mirar demasiado la prestancia del candidato, tragando sapos, mezclando probos y réprobos. El poder es el objeto de deseo y la herramienta.
Frente a una oposición fragmentada y en comparación amateur, el acorazado del kirchnerismo acaba de hacer su gran demostración. Las reglas de aquel manual valen para el candidato presidencial Daniel Scioli y también para el núcleo duro que lidera férreamente la presidenta. De nada le sirvieron a Scioli las pruebas de amor que declaman su credo kirchnerista. Por la dudas, para evitar desvíos, Scioli debió aceptar los términos de una fórmula impuesta y blindada por los cuatro costados. Pero también el kirchnerismo tuvo que negociar con la realidad convalidando la intención de voto del gobernador. Claro, Scioli es peronista y busca el poder. Cristina también. ¿Cómo no hacerlo si después de 8 años de ejercicio mantiene un 50 por ciento de imagen positiva?
La centralidad de la presidenta no es un dato menor. Tampoco el recambio que propone, regando las listas con funcionarios y candidatos de La Cámpora. Su decisión de no participar en las elecciones sorprendió, aunque no significa que resigne nada. Sus mosqueteros y albaceas están por todos lados: serán diputados Wado de Pedro, Andrés Larroque, Julio de Vido, Axel Kicillof, Mayra Mendoza, Diego Bossio, Nilda Garré y el jefe político de la mayoría de ellos, el hijo presidencial Máximo Kirchner.
Está todo a punto caramelo para disputar la gran pelea. Polarización mediante.