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El árbol gigante que nació mucho antes que el barrio

Se levanta imponente cerca del Limay. Los vecinos lo admiran y le temen.

Mario Cippitelli
cippitellim@lmneuquen.com.ar

Neuquén
Dicen que es el árbol más viejo que tiene la ciudad y su aspecto parece confirmarlo. Las últimas ramas llegan hasta casi los 40 metros de altura y la base del tronco necesita de cinco o seis personas para poder abrazarla.
El viejo eucalipto está en Winter y Los Lagos, en pleno corazón del barrio Belgrano. Creen que fue plantado en ese lugar por los balseros que trabajaban a principios del siglo pasado sobre el Limay, cuando el río era un gigante indomable y el agua trepaba bardas y pendientes a su antojo.
Le construyeron un cerco de ladrillos y rejas como una forma de contenerlo y darle el aspecto de monumento histórico viviente. La gente del barrio aprovechó ese cerco para instalar un tablero de básquet para que los chicos jueguen, aprovechando la sombra que el coloso regala en abundancia durante los meses sofocantes del verano.
Pero no todas son buenas para el viejo eucalipto. Su descontrolado crecimiento genera en la gente del lugar tanta admiración como miedo. Durante los días de mucho viento, el gigante se sacude al ritmo de las ráfagas y muchas ramas que no soportan el peso caen muertas a la calle o a los jardines de las casas lindantes que parecen de juguete al lado de semejante planta.
“Cuando sopla viento caen ramas de todos los tamaños y muchísimas hojas”, dice con cierto fastidio Alejandra, una mujer que hace diez años vive en un dúplex a pocos metros del eucalipto y ya parece estar desencantada con su presencia. Reconoce que los días de viento les pide a sus hijos que no jueguen en la calle ante el riesgo de que se caiga algún gajo pesado sobre ellos. “Tendrían que podarlo un poco”, reflexiona.
Sin embargo, en julio de 2003 se desató una fuerte polémica entre los vecinos y el Municipio cuando un grupo de operarios llegó al lugar con una grúa para podar el añoso árbol. En aquel momento se opusieron a que le corten las ramas por considerar que se trataba de un bien histórico del barrio. Temían que algún mal corte lo mutilara o le hiciera perder ese aspecto imponente.
Finalmente, y luego de varias discusiones, el árbol fue podado. Lo despojaron del ramaje pesado y peligroso que estaba cercano a la base. Ahora están convencidos de que es necesario ese mantenimiento para evitar un accidente.
Quienes viven casi abajo del eucalipto aseguran que están acostumbrados, pero que los días de mucho viento el crujido de las ramas les da temor. Tal es el caso de Alba, una mujer que habita en una casa prefabricada que apenas calienta el sol y que está ubicada a un par de metros al norte de la enorme planta.
“Cayeron algunas ramas, pero no muy grandes. Hace unos 20 años se desprendieron otras que rompieron las rejas del jardín”, recuerda la mujer que exhibe a modo de adorno unos enormes trozos de madera de aquel dramático momento.
Los vecinos del barrio aseguran que muchas veces vinieron especialistas y hasta turistas a presenciar el imponente árbol. Y dicen que todos se hacen la misma pregunta: ¿Cuántos año tiene?
“Yo llegué en el ‘71 y ya era grande”, sostiene Plácido Pereyra, un hombre mayor que vive a pocas cuadras y que la referencia que recuerda es que el eucalipto “tenía la edad de Don Felipe Sapag (1917)” por los comentarios que hicieron alguna vez los vecinos más viejos al compararlo con el ex gobernador.
Lo cierto es que el eucalipto está ahí, más allá de los años y las alturas. Imbatible al paso del tiempo y testigo del crecimiento que tuvo la zona de la costa, hoy es como un viejo que gruñe cuando lo castiga el viento del oeste y brinda cobijo cuando golpea la lluvia y aprieta el frío.
Su edad indefinida le da un halo de misterio. Su imagen y fortaleza no es otra cosa que la impronta de Belgrano, el lugar de los primeros balseros, de ese caserío que se convirtió en barrio mucho después que naciera el primer árbol.