{# #} {# #}
Los números de Messi golean a cualquier polémica. Apabullan. Parecen de otra era, aunque es la nuestra, la que disfrutamos como espectadores de uno de los futbolistas más maravillosos de todos los tiempos. ¿El mejor? Quién sabe. Quién puede comparar épocas, talentos, personalidades y la ayuda de sus compañeros. A quién le importa, después de todo. Leo tiene ahora seis Balones de Oro, un reconocimiento individual en un deporte colectivo, un premio a su juego que no suma títulos ni ovaciones, que no desata vueltas olímpicas ni gritos viscerales delante de la tele. Pero le agrega a su vitrina un nuevo trofeo que le regalan sus colegas, los elegidos del mundo del fútbol, aquellos que se rinden a sus pies y lo ubican fuera de este planeta, los que lo saben el mejor de todos aunque la temporada de su Barcelona no haya sido celestial, ni mucho menos.
Ni Diego ni Pelé tienen uno, ya que el Balón solo se entregó durante décadas a los jugadores europeos. Pero ellos, como Leo desde hace casi 15 años, lograron lo mismo: que el planeta fútbol los pusiera en un pedestal, que sus compañeros y rivales los destacaran como los más grandes de la historia, piezas únicas en un tablero en el que todas las otras piezas se reconocen más pequeñas.
Pelé ganó tres Mundiales y Diego solo uno. Pero eso no nos importa. El Diez es irrepetible. Y también, con sus virtudes y sus defectos, sin un Mundial ganado hasta ahora y en busca de su primer título albiceleste, lo es este Messi al que todos veneran, capaz de hacer que el Cholo Simeone lo aplauda tras el golazo que definió el duelo entre el Barcelona y su Atlético el domingo, con una perla propia de su sello, con una corrida, una pared en velocidad y una definición de primera al rincón, haciendo fácil lo difícil, como hace más de una década, como cada vez que pisa una cancha.