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El bronce que no se necesita

Hay una tendencia a ornamentar y ponerle bronce a la historia de los próceres o grandes personalidades que marcaron una profunda impronta con sus acciones y dejaron un gran legado para las futuras generaciones. Se hizo durante muchos años con San Martín, con Belgrano y con tantos personajes de la historia argentina, como para que nada, ningún detalle negativo, por más insignificante que fuera, pudiera opacar su figura.

En Neuquén ocurre lo mismo y ayer se pudo apreciar claramente con los homenajes que se le hicieron a don Abel Cháneton, el periodista que hace exactamente un siglo murió asesinado en un bar del Bajo neuquino.

La obra de Cháneton y su compromiso por la verdad, especialmente por las denuncias por la matanza de Zainuco, no quedan en un segundo plano si la historia se cuenta de manera completa, aunque hay quienes prefieren dejar de lado algunos detalles de aquella fatídica noche en el bar La Alegría y hasta se animan a hablar de las autoridades que entonces lo mandaron a matar por las denuncias que estaba haciendo en contra de la Policía y el poder político.

Cháneton concurrió esa noche al bar porque se enteró que su gran enemigo, el dueño de un pasquín llamado El Regional, se encontraba en ese lugar. Cháneton entró, desenfundó su revólver, disparó y mató a Palacios. Y cuando salía del bar, lo asesinaron.

Hay en la actualidad cierto pudor para contar aquel episodio, tal vez para no empañar la figura del periodista.

Cháneton no lo necesita. Su trabajo por los derechos humanos y su reconocido compromiso social en aquel pueblito llamado Neuquén hacen que su figura siga siendo grande. Sin eufemismos ni historias conspirativas.

Muchos insisten en que Cháneton murió por una orden del entonces gobernador Eduardo Elordi.