Estados Unidos se posicionó en el centro de la escena de la pandemia de coronavirus por el desastroso desempeño frente al brote. Con más de un millón de contagiados y más de 60 mil muertos ha pagado hasta ahora el pueblo del país más poderoso del mundo el errático andar de Donald Trump. El colapso sanitario y el tendal de muertos fueron acompañados por una catástrofe económica, que puede medirse a través de un dato: se sumaron 30 millones de desocupados a los que existían.
El mundo asistió a una noticia desgarradoras originada en las afueras de Nueva York, la capital de la globalización. A poco del lugar adonde cotizan las acciones de las compañías que dominan el consumo mundial, en el barrio Brooklyn, hallaron más de 60 cadáveres pudriéndose en las cajas de cuatro camionetas de mudanza. La noticia corrió como reguero por todos los medios del mundo. La putrefacción impregnó las narices de cientos de millones de personas en el planeta, entre las que una parte importante no podría señalar a Brooklyn en un mapa.
La tragedia de Estados Unidos sobrepasó a las anteriores de la provincia china Wuhan, Italia o España. El coronavirus que produce la COVID-19 presenta un desafío para todos, puesto que nadie ha escrito un plan efectivo para enfrentarlo. Se está actuando sobre la marcha en todo el mundo. Hay resultados disímiles con políticas no tan distintas y otros no tan diferentes con accionares opuestos.
El caso de Estados Unidos es paradigmático porque se trata del país con más recursos del planeta. Privilegió las necesidades de la economía. Le costó miles de vidas y también un quiebre en su economía.