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Detenerse en la expulsión de Rojo en lugar de apurar la autocrítica sería el peor error que podría cometer Boca tras la dolorosa derrota en el Monumental. Reducir el análisis a esa contingencia adversa resultaría una mirada simplista y contraproducente de los hechos, sin desconocer que el partido se desvirtuó a partir de la tempranera expulsión del siempre imprudente defensor.
Pero utilizar la roja como chivo expiatorio, como excusa, en vez de realizar un mea culpa terminaría por confundir a un entrenador, Sebastián Battaglia, quien hasta el ruidoso traspié ante el eterno rival parecía tener las cosas medianamente claras.
Lamentablemente, el actual entrenador demostró no ser la excepción a la regla entre los últimos técnicos de Boca, que se ven condicionados por el “karma de Madrid”.
Desde entonces, el elenco azul y oro padece una suerte de complejo de inferioridad con River y lo respeta más de la cuenta, renunciando a sus principios históricos. Porque Boca es sinónimo de garra pero también de ir al frente en cualquier escenario.
Ya el planteo y los nombres propios escogidos por el joven técnico denunciaban demasiados e innecesarios cambios con respecto a lo que venía haciendo con éxito. Resignó, tristemente, las formas y el invicto en su primera gran prueba de fuego.
Boca jamás estuvo en partido con 10 en un estadio donde, por ejemplo, San Lorenzo le dio vuelta la serie copera al River de Simeone y Falcao con 9 (2 menos).
No se le pedía una proeza a este Boca sin alma, solo un poco de amor propio y que no dejara a su enorme pueblo con tamaña sensación de tristeza, vacío e impotencia.