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En las últimas semanas, la curva COVID comenzó a tener un paulatino pero sostenido crecimiento. La llegada de la cepa Ómicron a distritos como Córdoba despierta más de una alerta en un país y una provincia que se preparan para disfrutar de una buena temporada estival, con reservas al tope para los meses de enero y febrero. Los casos diarios vuelven a tener cifras similares a registros de hace tres meses atrás, y se teme que la tendencia continúe ante un mayor movimiento de personas por el verano y el consecuente olvido del uso de barbijo, el lavado de manos y el obsoleto distanciamiento social.
Con ese fin, se estudia el pase sanitario que algunas provincias como Buenos Aires ya pusieron en marcha, y otras siguen estudiando la letra chica de si tendría efectividad y un buen recibimiento por parte de los privados.
“Es cuestión de solidaridad”, dijo ayer la ministra Peve, al referirse a la importancia de cuidarse y de que quienes aún no tienen el esquema vacunatorio completo lo hagan. La misma solidaridad que debería tener algún sector privado que no ve con buenos ojos lo del pase sanitario porque -aducen- no habría cómo controlarlo en eventos masivos.
Ayer, un grupo antivacunas se reunía en el monumento a San Martín, en pleno centro, hablando de su postura, al mismo tiempo que en Rincón de los Sauces aislaban a un centenar de vecinos, luego de que un contingente de egresados de séptimo grado regresara de Córdoba con alumnos con síntomas compatibles con el COVID.
Mientras se abre el debate sobre si volverán las restricciones o si la vacuna o el pase sanitario son efectivos, el virus sigue haciendo daño, como la falta de solidaridad.