Unos minutos después de las 21 de aquel 19 de marzo de 2020, el presidente Alberto Fernández disponía el aislamiento social, preventivo y obligatorio en todo el país por el avance del coronavirus, y con ello se modificaban nuestros hábitos, costumbres y formas de vida hasta llevarnos a saludarnos sin un beso y con el codo o el puño, a usar barbijo e incluso festejar cumpleaños por Zoom. Ocho días antes al decreto del gobierno nacional, la Organización Mundial de la Salud anunciaba que estábamos viviendo en pandemia.
Todo nos parecía tan lejano, cuando en enero del año pasado, enterados de la existencia del COVD-19, China entró en una cuarentena estricta, obligando a sus ciudadanos a mantenerse en sus casas y salir solo para realizar compras o trabajar en las llamadas “actividades esenciales”.
En apenas dos meses, nos tuvimos que refugiar en nuestras casas. Mientras tanto, los profesionales de la salud se apostaron en la primera línea de combate contra un virus del que casi nada sabían. Con el correr de los días, se convirtieron en los héroes cotidianos a los que agradecíamos con aplausos desde balcones y terrazas.
Tener alcohol en gel en todas partes, sanitizar los alimentos o higienizarnos al ingresar a casa como si hubiéramos sobrevivido a una explosión se convirtieron en una nueva forma de vida. Desde aquel 20 de marzo del año pasado, muchos cambiamos lo que tenía que ver con las expectativas de nuestra cotidianidad, con aquello que llamábamos futuro y que la pandemia hizo estallar en mil pedazos y, sobre todo, nos obligó a repensar la importancia de los lazos familiares y sociales, a pensar en el otro.