ver más

El día que todos perdimos la inocencia

Hace 20 años perdíamos la inocencia. El miedo y el horror se apoderaban de todos. Podría haber sido tu hermana, tu prima, tu amiga, tu vecina, tu compañera de escuela o de club. Fueron Verónica, María Emilia y Paula. Con ellas también se fueron esas sensaciones de que vivíamos en la ciudad más segura y linda de todas.

Se acabaron las noches en las que los papás nos dejaban ir al boliche y volver a cualquier hora caminando. Se terminaron esas largas tardes en las que los pibes jugaban en el campito hasta que los llamaban para cenar.

Desde ese día, Cipolletti ya no sería más la misma y nosotros tampoco. No sería lo mismo para mí, que transitaba mis últimos días de secundario. Ese mediodía estábamos con una amiga en la biblioteca y nos enteramos ahí del peor final para las chicas. Yo vivía a una cuadra y media, pero la acompañé hasta su casa porque no estaba en condiciones de ir sola. Fue una caminata de punta a punta por la Teniente Ibáñez, en la que no salíamos del estupor ni de la incredulidad. Eran pibas como nosotros, de la edad nuestra. Pero tampoco sería lo mismo para mi nona, que nació en la estancia San Jorge y aprendió a caminar en la Mayorina. Era el dolor de todos. Era una ciudad hecha pelota.

En sus 114 años de historia, Cipolletti tuvo dos hechos que la marcaron a fuego para siempre: el primero fue político, el Cipolletazo del 69, y el segundo, aquel 11 de noviembre del 97. La reacción de volcarse a las calles de miles y miles, algo impensado en un lugar tradicionalmente apático en eso de las movilizaciones masivas, era la clara expresión de que este triple femicidio fue una estaca al corazón para todos. Se reclamó justicia. Y hoy, dos décadas después, se sigue exigiendo que haya culpables. A pesar de que hay un tipo preso, la palabra impunidad sigue apareciendo a flor de piel cuando se recuerda el caso.