Nunca fue fácil el oficio de periodista. Ni a principios del siglo pasado ni en la actualidad. La difícil tarea de relatar los hechos de la manera en que sucedieron y las presiones de los gobiernos siempre estuvieron presentes en todos los medios de comunicación.
En 1917, Neuquén era poco más que un caserío. Pero ya existía un diario que se encargaba de llevar las noticias a la pequeña. Lo dirigía Abel Chaneton, un hombre impulsivo, con carácter y tesón.
Chaneton tuvo el coraje de narrar la realidad cuando en su diario Neuquén responsabilizó a la Policía por la matanza de ocho presos que se escaparon de la cárcel U9. El gobierno de Eduardo Elordi había informado sobre un enfrentamiento en el paraje Zainuco. Chaneton comprobó que, en realidad, habían sido fusilados.
A partir de esa publicación, la vida del periodista cambió. El gobierno le retiró la pauta publicitaria y un diario de Allen (El Regional) comenzó a desprestigiarlo a través de editoriales durísimas contra su persona y su forma de ver la realidad, que –por supuesto- él se encargó de contestar de la misma manera.
Chaneton no murió por decir la verdad, como repiten muchos alimentando el mito. Quiso salvar su buen nombre y en un arranque de ira fue a buscar a ese hombre cuando un día se enteró que estaba junto con otros en un bar del Bajo neuquino. Armado, como era costumbre en la época, ingresó al local e hirió mortalmente a su adversario y cuando se retiraba, un policía lo asesinó de un disparo a quemarropa.
Todo eso ocurrió hace 101 años en la Neuquén polvorienta que recién empezaba a crecer pero que ya conocía el duro oficio del periodismo.
El gobierno de Elordi intentó esconder el fusilamiento de los presos que se fugaron de la cárcel U9.