En un puñado de meses, Ricardo Centurión sumó en la cancha 22 partidos, ocho goles, varias gambetas y corridas y un título. Afuera, una decena de problemas. Cuando se disponía a sellar su continuidad en Boca para prolongar su sueño del pibe, un nuevo escándalo estiró la novela. Y la polémica.
No la tiene fácil Ricky. Lo buscan adentro y afuera. Pero no cuenta con el mismo talento para esquivar patadas que líos. Cierto es que los rivales lo castigan con un esmero poco habitual (recuerden la patada a lo Bruce Lee del neuquino Marín en un amistoso), golpeándolo por sus gambetas y sus sobradas. Cierto es que los árbitros lo cuidan poco y nada, dándoles la derecha a los defensores enojados que lo ajustician por agrandado. Igual de cierto es que los hinchas y los periodistas lo miran de reojo y le caen con ganas, creyendo confirmar todos los prejuicios posibles cada vez que tropieza. Tan cierto como que Centurión le pone una garra descomunal a su intento de autoboicotearse una vez por semana, cumpliendo las profecías que le auguran un triste final.
Desde que llegó a Boca, se filtraron fotos íntimas y videos peleando con compañeros; protagonizó accidentes, posó con armas, provocó cada vez que pudo y hasta fue denunciado por violencia de género. ¿Le quedaba algo más por hacer? Sí, volvió de Europa para firmar el contrato y esa misma noche salió de un boliche a las siete de la mañana rodeado de policías. Nadie se sorprendió. Pero Angelici cambió el contrato de apuro y hasta Guillermo parece dudar ahora de su peligrosa apuesta. El Mellizo llegó a Boca en 1997, aunque empezó a ser ídolo recién un año después, cuando Bianchi, el nuevo DT, decidió limpiar a Maradona y a Caniggia para tomar las riendas del plantel. Mal no le fue. Habrá que ver qué resuelve Guillermo. Y cómo le sale.
Centurión no cuenta con el mismo talento para esquivar patadas dentro de la cancha que líos afuera.