Las jornadas sobre medioambiente e hidrocarburos no convencionales, que se iniciaron el martes en Buenos Aires y que continuarán hoy en Neuquén, invitan por estas horas a reflexionar sobre un tema casi siempre polémico que no le puede escapar, por lo general, a las posiciones antagónicas: la utilización del fracking.
Oponerse a este sistema es ilógico. Se deben exigir controles pero se necesita el gas y el petróleo.
Catalogado como la reencarnación del mal por parte de los ambientalistas, es la técnica que algunos países petroleros comenzaron a implementar para extraer un nuevo tipo de crudo y gas de formaciones geológicas que se conocían pero que no se sabía cómo explotarlas. Tal es el caso de Vaca Muerta en Neuquén, considerada, potencialmente, como una de las mayores reservas energéticas del mundo.
La necesidad de autoabastecimiento a nivel país y una dependencia económica casi absoluta de lo originado en el petróleo de parte de la provincia parecen argumentos más que suficientes para avalar el desarrollo de los no convencionales. Pero en el medio, en ocasiones subyace un discurso casi fundamentalista contra el fracking que lleva el debate a un plano ilógico. Las estadísticas a nivel mundial y en Argentina demuestran que hubo más incidentes ambientales en el sistema extractivo convencional que en este. Eso no quita la exigencia de estrictos controles a los yacimientos de shale y al desempeño de las empresas extranjeras que ingresan a la cuenca. Pero tampoco se puede pasar al terreno de la demonización, porque allí se corre el riesgo de tomar un camino muy parecido a la esquizofrenia: se exigen recursos, se proponen planes de reconversión productiva cuyos fondos saldrán del petróleo, pero se rechaza al sistema que posibilita conseguirlo.