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El hombre que transmite valores en una escuela albergue

Alberto Gómez. En marzo de 1986 fundó en Plottier Posta Cristo Rey, donde asisten 150 chicos judicializados y de sectores rurales.

GEORGINA GONZALES
gonzalesg@lmneuquen.com.ar

Fue empleado de YPF hasta que decidió desplegar su espíritu solidario. La idea inicial de abrir Posta Cristo Rey era albergar a jóvenes mapuches.

Tiene escritos 14 libros. Religión, política y sociedad son los ejes que atraviesan su producción literaria.

PLOTTIER
Trabajar 44 años en YPF llevó a Alberto Gómez a viajar por varias provincias del país y, de esta manera, conocer distintas realidades; muchas difíciles, por eso desde siempre quiso ayudar a mejorarlas. Así fue como el destino lo empujó a abrir la escuela albergue Posta Cristo Rey, a la que hoy asisten más de 150 chicos.
Este hombre nacido en la “República de La Boca” –como suele presentarse–, supo formar una familia que siempre le siguió sus pasos. Convivió 60 años con su mujer, Celina, hasta que la muerte se la llevó en 2011. Tuvieron tres hijos, quienes hoy acompañan la labor de su padre.
Malargüe, Salta y Plaza Huincul fueron algunas de las ciudades donde la empresa petrolera requirió de su trabajo.
En 1951 llegó por primera vez a Neuquén. Ya de regreso en Buenos Aires, en la década del ’60, participaba de distintas parroquias desde donde conectaron con el obispado de Añatuya, un pueblito de Santiago del estero, para el que trabajó mucho enviando ropa, zapatos y abrigo.
Santiago del Estero aparecía en su vida como su próximo destino, pero como era joven, tenía 53 años, le fue muy difícil que YPF le otorgara un traslado al norte del país. Para ese entonces se contactó con el obispo de Neuquén, Jaime De Nevares, y a fines de 1981 se trasladó al sur, donde encontró “un panorama distinto, amable”. 
Con su voz fuerte, casi como reviviendo el empuje que sintió cuando se vino a vivir a Neuquén, recordó que pudo hablar con De Nevares y explicarle: “Nos queremos venir de Buenos Aires. Estamos cansados de hacer remiendos, queremos coser”.
Es que por muchos años sintió que enviar ayuda a pueblos carenciados no generaba cambios culturales, solo parches muy fáciles de romper.
Su idea original fue comprar una chacra para trabajar de manera directa con las comunidades mapuches. Con esa premisa llegó hasta la Colonia San Francisco en Plottier.
“Nosotros poníamos la casa, el terreno, el Obispado ponía los profesores y las agrupaciones mapuches nos mandaban a los chicos”, recordó.
Pero las cosas no resultaron tan fáciles como parecían. La inflación no favorecía a la fruta, el Obispado nunca envió a los profesores ni tampoco hizo las gestiones para que los jóvenes de las comunidades mapuches participaran de esta propuesta.
“Yo tenía que seguir trabajando en Neuquén para mantener todo. Me acuerdo de que una vez renuncié y el gerente tachó mi renuncia y me dio una licencia extraordinaria. 'Vos qué sabés qué va a pasar', me dijo. Y así fue, necesitaba de YPF para seguir manteniendo la chacra”, explicó.
Ya la mudanza había sido dura. Desde Buenos Aires llegaron a esa chacra lejana, inmersa en calles de tierra que aún hoy con las lluvias quedan intransitables. De diciembre a marzo vivieron en una carpa y luego cuando el hombre que les vendió la chacra se fue dejó una pieza que usó con su familia.
Tardaron tres años para construir el primer edificio, que con el tiempo se fue agrandando. Ya con la idea desestimada de convocar a las comunidades mapuches apareció la idea de abrir una escuela albergue, que recién pudo concretar en 1986. 
A sus 86 años confesó que él mismo, junto al portero, construyó la primera aula. “Yo sabía tanto de construcción como de astronomía, y la columna nos quedó torcida”, rememoró frente a la vieja obra.
El primer año congregó a 14 alumnos desertores de la Escuela 106. Pero como aún no estaban reconocidos, el Consejo Provincial de Educación le requirió que los alumnos fueran a rendir un examen a una escuela pública, situación engorrosa para los alumnos que tenían 16 años y estaban en cuarto grado.
A pesar de la infinidad de horas pasadas en Casa de Gobierno sin obtener respuestas, fue su aparición en un programa de televisión de Canal 7 la que generó que en cinco días el entonces gobernador Felipe Sapag firmara el decreto para que se reconociera la escuela albergue.
A partir de entonces, la escuela empezó a recibir a más chicos que llegaban de Plottier, Senillosa y Neuquén. La mayoría de los que se encuentran actualmente en el albergue están judicializados. Y aunque es “privada”, solo los que pueden pagan 20 pesos.

Oficios
Un divulgador de la literatura

De a poco, Alberto Gómez fue dejando la posta a sus hijos, quienes hoy conducen la escuela albergue, y se sumergió en la escritura. Así llegó a publicar su primer libro, La telaraña, en 1997.
Con el objetivo de que la literatura llegue a mayor cantidad de personas, ha editado antologías de grandes escritores que entrega en forma gratuita a bibliotecas de Neuquén, Santiago del Estero, Mar del Plata, Trelew, entre otras localidades.
Actualmente trabaja en la cuarta antología de Plottier junto con otros escritores de la localidad.