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El juguetero que sabe bien cómo regalar infancia

Francisco Gallo. Hace unas semanas tres menores robaron de su negocio unos peluches. Los perdonó y finalmente se los obsequió.

Nació en 1964 en San Juan y vivió una infancia "muy feliz" en Neuquén. A los 14 años tuvo que salir a trabajar.

Afirma que jamás olvidará la imagen con la cabeza gacha y las manos en alto contra el patrullero de los chicos que le robaron los muñecos.

PABLO MONTANARO
montanarop@lmneuquen.com.ar

NEUQUÉN
¿Cómo habrá sido la vida de un hombre que a los 50 años fue protagonista de una historia, que seguramente lo marcará para siempre, en la que dos chicas de 15 años y un varón de 10 en una madrugada fría de otoño rompieron la vidriera de su juguetería para robarle unos muñecos de peluche? ¿Cómo habrá sido la vida de este hombre que no sólo perdonó a estos pibes que unas horas después de cometer el hecho volvieron al local para pedirle disculpas y a cambio recibieron los peluches que habían querido robar y una de ellas –mamá de un bebé de 3 años– se comprometió a seguir estudiando y a llevarle el boletín a pedido del comerciante? Incógnitas que cargué hasta la esquina de Leguizamón y Alcorta de esta ciudad, donde Francisco tiene su Rincón de Ocio, la juguetería donde todavía se puede observar en la vidriera las secuelas que dejó esa “búsqueda de la infancia”, como definió este hecho.
Entre muñecos de peluche que aguardan la llegada de la ilusión de los más pequeños, aparece Francisco, nacido en San Juan en 1964. “Mi padre fue un comerciante, un buscavidas persiguiendo nuevos horizontes”. Así inicia la conversación evocando a su padre, al que se referirá en varias oportunidades. Esa búsqueda permanente obligó  a la familia a tener que trasladarse a Salta, Bariloche y finalmente Neuquén, donde ya habían estado a mediados de los 70 y donde Francisco asistió a la Escuela Primaria 2, donde tuvo como maestra a Esmeralda "Beba" Lastra, hija del abogado y escritor Juan Julián Lastra.
El local que alquila está a dos cuadras de donde transcurrió su infancia entre amigos, juegos y mucha diversión. “Me gustaba hacer deporte, patinar en el colegio Don Bosco y explorar el río Limay, donde iba con mi padre. Fui muy juguetón, mi madre me retaba porque nunca llegaba a horario para sentarme a comer”, cuenta.
Hacia 1978 la situación económica de la familia se tornó inestable por eso deciden recalar en Bariloche. “Fue un corte muy duro, encima vivíamos lejos del centro, por lo que el colegio me quedaba a 40 cuadras, y muchas veces me iba caminando. Abandoné la secundaria y me puse a trabajar”, relata. Nunca le cuestionó a su padre el haberse alejado de Neuquén, su “lugar en el mundo”. “El hecho de que mi padre tuviera tanto amor por la familia hacía que las penas fueran más livianas", explica, y recuerda que junto con su hermano solían correr delante de los camiones recolectores de basura para agarrar las botellas y cartones que la gente dejaba en las calles o recorrían los talleres juntando los rezagos de cobre y aluminio que después vendían.
En Bariloche tuvo la suerte de entrar a trabajar en un negocio de alquiler de indumentaria para nieve. De cadete pasó a vendedor, y más tarde se convirtió en encargado. Con la experiencia acumulada y los ahorros –dice que nunca se tomaba vacaciones– alquiló un local para poner un autoservicio. Pero al cabo de un tiempo, las ventas no alcanzaban para sostener la familia y decidió bajar la persiana. Afrontó la "malaria" y con su padre salieron a vender forrajes por la línea sur de Río Negro. Ya vivía con Cristina, quien después se convirtió en la madre de sus hijos Luciano, Regina, Priscila y Benjamín, a quien define “el poema de mi vida”.
En 1995, la pareja decidió dejar atrás Bariloche y perseguir un nuevo sueño esta vez en Neuquén. Alquiló un local en la esquina de Leguizamón y Alcorta, donde instaló una verdulería, resistió los saqueos del 2001 blindando el negocio. Más tarde, sobrevivió vendiendo artículos de mimbre y finalmente se dedicó a la venta de puffs y peluches porque entendió que “la juventud tiene mejor espíritu de compra porque desea disfrutar, a diferencia del adulto, que compra por necesidad”.
Su voz y sus ojos reflejan emoción al contar pasajes de esa infancia feliz: orgullo por haber enfrentado (y superado) infinidad de problemas económicos; inmensa alegría por tener una mujer y cuatro hijos que “son el combustible de mi vida”, y una inmensa paz interior por su reciente accionar para con esos pibes que lo llevó a aparecer en la tapa de los diarios. Su voz denota prudencia: “No soy el papa Francisco, soy un pecador desde que me levanto hasta que me voy a descansar".
Sabe que la gente pronto se olvidará de él y de la situación que protagonizó. Le importan esos chicos "a quienes les tenemos que devolver una parte de esas infancias perdidas”.

DESAFÍOS
De pérdidas y cuerpos dolidos

La muerte de su padre, en 2008, fue un golpe duro para Francisco Gallo. “Murió producto de un disgusto económico-financiero, perdió el habla durante tres meses. Mi padre perdió la concentración en el trabajo, ya no hacía buenos negocios. Perdí también a un amigo, a un asistente espiritual”, explica.
Esa “doble” pérdida hizo mella en la salud de Francisco. Con dificultades pero con entereza enfrenta la artritis reumatoidea que le ataca sus articulaciones y la fibromialgia, una enfermedad crónica que le causa "tremendos" dolores musculares.