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El Messi que nos pertenece

Lio Messi-Barcelona representó todo lo que uno puede esperar y desear que nos brinde el fútbol.

"Va a ser raro no verlo más con la camiseta del Barcelona”, me dicen con algo de tristeza al escuchar la noticia que conmocionó al mundo futbolero y más allá también. De inmediato recordé la cantidad de camisetas azulgranas con el nombre de Messi que compré desde que comenzaron a patear una pelota de fútbol.

También recordé aquella promesa incumplida que les hice de alguna vez viajar a España para verlo en el Camp Nou. Promesa que ya no podré cumplir y que, seguramente, me reprocharán toda su vida. Y tienen (tendrán) razón. Acaso pensé que el genio no cumple años, que iba a haber Messi para siempre vistiendo la azulgrana. Algo así como que el Messi del Barcelona era de nuestra propiedad, que nunca se iban a terminar esas corridas con la pelota al pie, ese enganche para dejar la cadera del defensor Boateng en el área antes de meter uno de sus golazos.

La inmensa y gloriosa historia de Messi-Barcelona acabó como una sombra, como una lágrima en la lluvia tras la bochornosa derrota 8-2 contra el Bayern Munich, el maravilloso equipo, reflejo de trabajo arduo, talento, coordinación y disciplina que se consagró campeón de la Champions League. Messi-Barcelona no se merecía un adiós así. Messi-Barcelona representó todo lo que uno puede esperar y desear que el fútbol nos brinde: el juego estético, el triunfo sin trampas, la lealtad, la belleza en la simpleza de un toque, de una pared, de un pase gol. Messi no ha llegado todavía al final de su carrera. Nos tocó verlo triste en cada final negada con la camiseta argentina, pero también ser testigos de sus genialidades con la azulgrana. La belleza de la eternidad se detenía en sus pies.