Cuando las papas queman, el MPN suele hacer los deberes. Está en su ADN. Es como si tuviera un bagaje de conocimiento luego de 55 años en el poder, que también es estrategia e instinto de preservación. A diferencia de otros sectores políticos de la provincia, hace la diferencia sacándolo a relucir a la hora de resolver sus conflictos internos (a veces verdaderas carnicería). No es lo único con lo que ha hecho la diferencia todos estos años. Pero es una de sus virtudes esenciales. Está claro que el botín en juego hoy excede ampliamente el de conservar el espacio de la representación política. El MPN supo construir durante cinco décadas una red de contención desde el Estado donde lejos estuvo de conformarse con el rol de un mero administrador. (Hay pruebas de eso casi a cada paso en esta provincia.) Hizo política y se sabe que eso también implica saber hundirse en el lodo con más o menos decoro y destreza. Así, luego de la disputa del poder político en la Provincia y en el partido desde el 2013 (Pereyra vs. Sapag), busca dejar esas diferencias de lado. Pone en escena una unidad que sólo el tiempo terminará de confirmar. Por lo pronto, se mete de lleno en un año electoral clave dando una muestra de fortaleza. Es decir, hace lo que tiene que hacer para seguir resguardando sus espacios de poder, ampliamente diseminados por fuera del ámbito del Estado. El de ayer era uno de esos actos que arrojaban, también, elocuencias como fogonazos. Una de ellas es la de que el partido provincial (sus cerca de 110.000 afiliados) tiene la receta de su propio veneno. Lo sabe. Y por eso rápidamente lo primero que hace es mostrar el antídoto. Esa pipa de la paz es otra más en su historia de 55 años coqueteando con el poder.
El partido provincial dio una nueva señal de unidad. Sabe que es clave para el año electoral que arranca.